martes, 3 de noviembre de 2020

Pili

     

        Todo arte requiere de una paciencia y un control del tempo infinitos. El pintor necesita una luz adecuada, unos materiales concretos y un modelo u objeto en condiciones. El escritor solamente necesita dos cosas: máquina de escribir (en su defecto, papel y lápiz) e inspiración, pero esta última, en ocasiones, se presenta como la búsqueda del Santo Grial. El oficio de escultor requiere de una pericia única, y la asunción de que un golpe fuera de sitio puede dar al traste con todo el trabajo.

Hay muchas modalidades artísticas, y cada una de ellas peca de una u otra peculiaridad que la convierte en caótica a la par que irresistible. La fotografía, pasión de Pili, cuenta con el regusto que se te queda siempre, porque esa foto, aunque sea perfecta, SIEMPRE podría haber quedado mejor. Un poco más de luz, un mejor encuadre, diferentes condiciones meteorológicas, un mayor balance de blancos. Siempre hay algo que mejorar, y eso es difícil de asumir por parte de quien se halla tras la cámara.

Tal era el entusiasmo de Pili por el arte de la obturación, que voló en solitario hacia Islandia. Se dice de Noruega que es la cuna de las auroras boreales, y ella se había inventado que su destino podía denominarse como «la cigüeña que lleva al niño a esa cuna». La isla no contaba con la fama de su vecina del este, pero la mayor variedad de paisajes que esta albergaba la hizo decantarse por la Tierra de Fuego y Hielo.

Hacía ya dos días desde que aterrizó en aquella maravilla alejada de todo rastro de civilización. Por lo que había leído, fuera de Reikiavik, la calma era eterna, y al menos este punto lo estaba comprobando en su propia piel. Las gélidas temperaturas podían ser un contratiempo, sí, pero estaba dispuesta a pagar tal peaje solo por el hecho de sanearse por dentro de la manera que lo estaba haciendo. La excusa era la fotografía, y aunque se trataba en realidad del motivo del viaje, Pili agradecía la renovación personal que la envolvía. Las aguas termales de la piscina de Grettislaug acariciaban su cuerpo, y ella, con los ojos cerrados, se dejó llevar por el entorno, hasta que la noche devoró con calma al día, susurrándole al oído que su tiempo había terminado.


            Cuando abrió los ojos, inauguró el ritual que pensaba repetir hasta que consiguiese una instantánea —LA instantánea—de una aurora boreal. Salió de la piscina a toda prisa, puesto que era el único lugar en el que el frío no hendía sus mortíferas estacas. Se envolvió en la manta térmica y corrió hacia su iglú, donde le aguardaba un calor moderadamente satisfactorio, dadas las circunstancias.

Era su segunda noche en aquel lugar. Había llegado el momento.

Con capas y capas de ropa adaptada para el más crudo de los inviernos, abrió la cremallera que la devolvió a la intemperie. Aguzó la vista y echó una ojeada panorámica. Las montañas, completamente invadidas por la nieve, quedaban a su izquierda. Lo que en cualquier lugar del mundo hubiese copado la atención, aquí era tan solo un elemento más. Al pie del macizo, la llanura se confundía con la línea del mar, ahora invisible por la negrura. Ni un solo sonido distraía su atención, y es que la mayoría de los pocos turistas de la zona ya habían comenzado el camino de regreso al camping.

La noche era ya cerrada, y Pili tenía ya todo el equipo preparado. Toda su labor allí se resumía a ajustar la configuración idónea, el encuadre perfecto, y aguardar. Probablemente fuera una noche aburrida en la mayoría de sus tramos, pero el momento no espera a nadie y, cuando llegase, debería dar el cien por cien para capturar esa estampa para el resto de sus días. La imagen habitual de una aurora hace creer que son eternas, que se mantienen en el cielo para siempre, pero lo cierto es que son caprichosas, puesto que su cénit puede pasar desapercibido para un espectador despistado.

El cielo comenzó a moverse de manera imperceptible. No para ella. Su mirada era la del vigilante que sabe que se va a cometer un robo, y simplemente debe estar alerta para detectar el cuándo. Pili lo había estudiado, y la noche anterior, gracias a ello, estuvo cerca de tomar una imagen satisfactoria (pero no LA imagen). Ese día no pasaría, pero se lamentó, entró en cólera por dentro, cuando detectó que una pareja entraba en el marco de su foto. No tenía tiempo de mover el equipo, ya que se arriesgaba a perder el momento. Tampoco quiso vocear desde allí, entrando en una conversación que, con toda probabilidad, no la llevaría a ningún lado. Así pues, todo dependía de la ubicación que la pareja escogiese para contemplar la aurora.

        Ellos también apreciaron que el clímax de la noche se aproximaba y, tras una sonrisa de complicidad, tomaron asiento en el suelo mismo.

Pili observó. No estropeaban la imagen, desde luego. Incluso, algún alma enamoradiza podría asegurar que la completaban. De espaldas, a contraluz y ambos sentados en pose de flor de loto, la pareja colocaba el broche perfecto a una sucesión de espirales luminosos que ya daba comienzo. Dejó a un lado la conveniencia de aquellos dos invitados de última hora a su fiesta privada, y se enfrascó en el arte de la obturación. Disparó una y cien veces. Ajustó la configuración, cambiando solo algún pequeño detalle que variaba con el curso de la noche. Sintió que los segundos avanzaban, y ella, ajena a todo, disfrutó como no lo había hecho en la vida, aun sin conocer el resultado final de su trabajo.

Capturó el ascenso de la aurora, su cumbre y su ocaso, hasta que sintió que se había vaciado por dentro.

         Hay gente que invierte su tiempo y dinero en ver fútbol o ir a cenar, pero Pili supo que aquel viaje solitario, a la caza de auroras boreales, lo había capturado con el alma.




NOTA: relato enlazado. Este es un relato independiente, pero que va unido a otro de los relatos por la preventa de Los ecos de la mente. Esta misma semana será publicado en el blog.

jueves, 29 de octubre de 2020

Héctor

            Había pisado una mierda.

No una cualquiera. No era una mierda caducada, sino que se trataba de una deposición recién vertida por el inocente perro de dueño miserable. Alzó ligeramente la suela de su zapato, comprobando cómo la hez, pegajosa como un chicle, se adhería al caucho del calzado más elegante que poseía. El olor, nauseabundo en consonancia con el aspecto, ascendía hacia sus fosas nasales. Creía ver, incluso, las ondas que se dibujan en las animaciones para niños a la hora representar tan hedionda experiencia.

En realidad, era lo de menos. La mierda era la simple gota que termina por colmar el vaso. Sí, una expresión convertida en cliché, pero que encajaba como anillo en el dedo (otro cliché) de la esposa que jura amor eterno. En apenas un par de horas había sido testigo de cómo un día que se prometía esperanzador se volteaba como un cangrejo en una montaña de arena, cómo se desechaba cada pequeño ápice de simpatía que conservara en su interior.

Para cualquier ciudadano medio, este sentimiento se vería reflejado por la pérdida de un trabajo, del amor de su vida, la custodia de un hijo o el desahucio de una vivienda. Para Hugo no. Hugo había sentido que su existencia carecía de sentido paulatinamente, mediante pequeños acontecimientos que erosionaron su, ya de por sí, mermada paciencia.

Él mismo reconocía que su autocontrol distaba de ser digno de elogio. Se consideraba una persona impaciente, aunque tendía a guardarse sus inquietudes para sí mismo. Las satisfacciones de la vida jamás le provocaban plenitud, y por el contrario, las decepciones martilleaban su sien como el repiqueteo de la lluvia contra un cristal.

        Ese día, en concreto, estaba resultando ciertamente tedioso.

El despertador había decidido fallar el día que tenía una presentación. Quizás no tuvo «buen ojo» a la hora de activarlo, o tal vez, simplemente, estuviera perezoso también. Cuarenta personas que habían tenido que esperar otros cuarenta minutos más de la cuenta porque el protagonista del acontecimiento se había quedado retozando entre las sábanas.

Cuando miró por la ventana, un sol de justicia (tercer cliché) le había prometido que no tenía de qué preocuparse, por lo que el chaparrón en su camino hasta la sala de audiencias le había cogido totalmente por sorpresa. Solo fueron dos minutos de lluvia, pero pareció que el mar se volcase sobre Hugo, calándole hasta los huesos y dejándole en un estado nada presentable.

No podía volver a casa a cambiarse. El escaso tiempo del que podía disponer en un día cualquiera se había visto invertido en unos últimos ronquidos despreocupados. Tenía que continuar y, con la poca dignidad que conservase, concluir el nefasto episodio.

El público murmuraba, impaciente ante lo que tuviera que decir, y escéptico por la apariencia de esa supuesta eminencia de las finanzas. En su interior, se sentía un fraude. Cuando el viento acompañaba, no había quien pudiera detenerle, pero al más mínimo atisbo de resistencia, se venía abajo, dejando a la vista la miseria que ocupaba su interior. El gran secreto de su vida le perseguía disfrazado de remordimiento. Solamente él, y un par de personas más (que ya se había encargado de acallar con sendos fajos de billetes) sabían que su medio para enriquecerse había sido a causa de la diosa fortuna (cliché), y no mediante estrategias financieras impensables para el ciudadano medio.

En fin, estaba ante su público y, con buena o mala presencia, se hallaba en su terreno. Solamente necesitaba sus notas...

         ...que estaban empapadas en el bolsillo de su americana. Cuando las extrajo, reconoció algún que otro trazo de lo que, en algún momento, había sido su caligrafía. Una pasta multiforme era toda la ayuda disponible en el momento en el que los miedos más mundanos le atacaron sin piedad.

Balbuceó un par de palabras. Algo parecido al inicio de su alegato. O tal vez no. Todo su discurso se había difuminado en su cabeza. Aquellas frases entrelazadas, aquellos chascarrillos que hacían sonreír al respetable, aliviando la tensión, se habían esfumado.

Veinte minutos más tarde, se vio caminando como alma en pena por el parque, sus ojos divagando entre tierra y nubes. Era consciente de que, tras decenas de conferencias, un paso en falso como aquel supondría el final del «erudito».

Debía estar en las nubes cuando pisó la mierda.

Estaba revolcándose en su desdicha, peleando contra las excreciones cuando una lejana carcajada, la misma de Nelson en Los Simpson, lo sacó del embotamiento.

Un chaval de unos quince años que señalaba en dirección a él.

—¡Ha pisado una mierda! ¡Ha pisado una mierda!

Las carcajadas eran estruendosas. La gente comenzó a girarse y prestarle atención, contagiándose incluso de la burla del adolescente. El calor ascendió por su interior. Sintió cómo quemaba etapas, cómo avanzaba igual que la lava que emerge de un volcán.

Y el volcán entró en erupción.

Un tremendo vacío se apoderó de sus actos, y sin saber cómo, se encontró acuclillado sobre la figura indefensa de ese chaval que había perdido todo el atrevimiento. Descubrió magulladuras en sus pómulos, y certificó que mantenía cerrado uno de sus ojos. Incrédulo, comprobó que sus nudillos evidenciaban unas pequeñas marcas ensangrentadas.

«¿Qué he hecho?», se preguntó asombrado.

        Las sirenas de la ley y los gritos de «¡Alto, policía!» no hicieron más que corroborar que su vida había terminado por derrumbarse.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Reseña: N Mundos - Mundo Pequeño

Título de la obra: N Mundos: Mundo Pequeño

Autor: Roberto López-Herrero

Género: Fantasía

Páginas: 392

Enlace de compra: papel (18,90€), digital (2,84€)

SinopsisA finales del siglo XIX, la joven maestra londinense Susanne Connel hereda la mansión de sus tíos desaparecidos años atrás. No tardará en darse cuenta de que algo extraño ocurre. Una puerta a otro mundo le hará aventurarse en un Universo mágico, tecnológicamente distópico, y vivir múltiples aventuras de la mano de Dangerdollia, un hada steampunk con mal carácter, gatillo rápido y mucha afición a beber; y su gato Raffaello que guarda todo un secreto. Allí buscará a su familia, encontrará un mundo libre, sin los corsés de su Londres natal, y deberá enfrentarse a toda clase de peligros para volver a su hogar. ¿O preferirá quedarse en Mundo Pequeño, en los N Mundos?


¡Hola de nuevo! Un mes ajetreado, este octubre que ya se nos despide entre terroríficos cánticos de Halloween. No olvidéis que voy añadiendo los relatos de la preventa de Los ecos de la mente, dos por semana, pero no puedo dejar de contaros qué me parecen las lecturas que van pasando por mis manos. Hoy vamos a hablar de un libro especial: N Mundos - Mundo Pequeño, de Roberto López-Herrero.

Lo primero que vi de esta novela fue su llamativa portada: una sucesión de engranajes azulados que se solapan entre sí, una cubierta fantástica, enrevesada y totalmente simétrica, que si se plegase por la mitad, encajaría a la perfección con su gemelo del otro lado. Una comparación de lo más ajustada, y quien haya leído la novela, sabrá por dónde van los tiros.

Bien, el caso es que la novela me miraba, sugerente, en cada ocasión que interactuaba con Roberto, cada vez que pasaba por mi timeline de Twitter, o en los momentos puntuales en los que el propio Amazon me la sugería. Al final cayó, claro que sí. Tuvo que aguardar su momento (como ocurre con todos los libros que tengo), pero irrumpió con brusquedad una vez que abrí su primera página. No sabía qué esperar de esta novela, más que lo que se dejaba intuir por su sinopsis. Me gusta encarar una nueva lectura así, sin conocer más de la cuenta, y en casos como el que hoy nos ocupa, ese desconocimiento deriva en una grata sorpresa.

Antes de adentrarme en los temas argumentales, quiero destacar algo que no debería ser destacable, y es el hecho de no encontrar una sola errata en toda la novela (seguro que las hay, en todo libro, por muy perfecto que sea, se escapa alguna). ¡Qué maravilla, pasar las páginas y comprobar que no falta ni sobra una coma! Puntuación cuidada, vocabulario bien escogido. Solo con eso, ya tienes la certeza de que nada te va a interrumpir en tu lectura. La sensación de inmersión es mucho mayor.

Comencemos con la chicha, desde lo más básico. Mundo Pequeño es la primera parte de una saga de literatura fantástica alejada de todo lo que había leído hasta ahora. Por lo visto, la novela surgió de una serie de escritos en Wattpad (surgidos de conversaciones con su sobrina) que Roberto subía y que, visto el éxito, se convirtió en una primera novela. El libro tiene un sinfín de detalles remarcables, desde un gran abanico de personajes relevantes hasta una construcción del mundo ideado por el autor tan amplia como meticulosa.

Susanne Connel es una joven maestra que no parece encajar en su Londres del siglo XIX. Y, como en cada una de las historias fascinantes que leemos, aparece un elemento que vuelca el curso de los acontecimientos. Ese elemento, en este caso, se llama Dangerdollia, una pequeña hada irreverente que, en mi caso, me cautivó desde un primer momento. Junto con Raffaello, ese gato de carácter ácido siempre necesitado de poner la puntilla, conforman el tridente de protagonistas principales de Mundo Pequeño.

No me voy a adentrar mucho en el argumento en sí; lo que necesitáis, lo tenéis en su sinopsis. Lo que sí os voy a decir es que, cuando las primeras cincuenta páginas de la novela quedaron atrás, me invadió el mismo sentimiento abrumador (pero prodigioso) que solo se siente ante una novela que sabes que va a colmar tus expectativas. Me recordó también al momento en el que empiezas un videojuego de mundo abierto (hola, Skyrim) y disfrutas ante la mera ilusión de lo que te aguarda tras cada esquina que dobles.

Vamos con el worldbuilding: para tratarse de una novela improvisada (no lo es, en realidad, pero lo digo por el modo en el que vio la luz), la amplitud y profundidad de todos los seres que deambulan por Mundo Pequeño es asombrosa. Gloglers, hadas, mecanoides, Umanais... Cada uno con sus características delimitadas y detalladas en la novela. Árboles que conectan a una persona con otra, dos soles en el cielo, y el tiempo... ¡Ay, el tiempo, que no transcurre como estamos acostumbrados! En definitiva, cuatrocientas páginas en las que no dejamos de descubrir las novedades que Roberto tiene preparadas para nosotros.

Más cosas: me ha encantado la forma de afrontar temas complicados de encarar bajo el marco de una novela. El movimiento LGTB tiene su presencia en el libro, y el autor lo presenta con tal normalidad y con semejante tacto que lo hace parecer tan lógico y natural como debería ser en nuestro propio mundo.

Otra piedra de toque, más asentada entre nosotros, es el trato y el amor por los animales. El saber que un animal no es esa mascota a la que das de comer y sacas de paseo, sino que es un amigo con quien ahogar las penas y, en muchos casos (en los que me incluyo con Tyrion), un alma gemela que te acompaña en cada paso que das.

Mundo Pequeño no es un cuento de hadas, aunque tenga hadas. No por contar con una paleta de personajes entrañables hace que la historia lo sea. Hay batallas, hay heridas, hay dolor. Los protagonistas no se van a ir de rositas, lo que otorga un punto de emoción a la historia. Mundo pequeño es un libro que te da lo que necesita cada momento. 

Creo que ya me he extendido lo suficiente como para animaros a que escojáis esta novela. Yo tardé en hacerlo, y me arrepiento, así que ya le podéis estar clicando en el enlace de arriba, porque lo merece.


*Segunda imagen: N Mundos ha suscitado interés hasta el punto de contar con sus propios diseños para camisetas y demás en la web de Tres en un Burro.

lunes, 26 de octubre de 2020

Domingo

             Agosto de 2021

Jordi jamás podría olvidar aquel verano que pasó en Sevilla. Un mes de kilómetros en la caravana, sol, calor, ríos y parques. Y fútbol, por supuesto. Se vio obligado a perderse el campeonato veraniego de fútbol siete para alevines de Barcelona. No podría estar con sus compañeros para reeditar el título del año anterior, lo que había derivado en múltiples discusiones con sus padres.

Olvidado el cabreo, quiso compensar los goles oficiales que no podría marcar, de modo que, el primer día que aparcaron en aquel camping sevillano, Jordi se marchó, balón en mano, en busca de otros chicos con quienes confraternizar. Un profundo alivio le invadió cuando comprobó que no tendría que hurgar para encontrarlos: dos equipos se enfrentaban en un campo de tierra desigual, con piedras ejerciendo la función de portería.

«Cutre, pero me sirve».

    Tuvo que esperar unos minutos, puesto que los chicos se encontraban totalmente evadidos de cuanto les rodeaba, una sensación que Jordi conocía bien. Aprovechó ese impás para analizar a los que esperaba fueran sus próximos compañeros y rivales. En ese partido, dominaba la anarquía. Era algo habitual cuando el nivel de juego no es elevado, y se vio obligado a sonreír como acto reflejo. Sí, se sintió superior. El balón era un trozo de cuero desgastado, despeluchado, que parecía querer huir de semejante batalla campal, horrorizado ante lo que, por momentos, resultaba un esperpento. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que había alguien que desentonaba en aquel cuadro de Picasso. Un chico que había pasado inadvertido ante sus ojos hasta ese momento, pero que lo cambió todo al entrar en contacto con el balón. Recibió en la zona defensiva y comenzó a driblar. Uno, dos y hasta tres jugadores quedaron tendidos en el suelo después del eslálom realizado. Jordi volvió a sonreír, en esta ocasión al haber descubierto un reto que superar.

La jugada terminó en gol, como estaba cantado, momento que aprovechó para tratar de introducirse en aquel grupo de jóvenes sedientos de barro y sudor.

Si algo quedó patente desde el primer minuto, es que Jordi y Daniel, como así se llamaba el reciente goleador, debían encabezar a los respectivos equipos. El talento de Jordi quedó patente desde que sus flamantes zapatillas nuevas comenzaron a ensuciarse sobre la tierra sevillana. No le importó. Lo fundamental en aquellas tres horas que se sucedieron, y en las cuatro semanas restantes, fue la diversión. Dani y él, pese a que siempre jugaron el uno contra el otro, forjaron una amistad que debería haberse quedado en algo pasajero, pero no fue el caso.

Lo importante no eran los goles.

Mayo de 2022

—Lo único importante son los goles —insistió el entrenador.

El nerviosismo envolvía a Jordi en el preámbulo del partido más importante de su vida. Se trataba de la final del Campeonato de España de Selecciones Autonómicas sub-14. No era la primera ocasión para Catalunya, aunque sí para él. Pese a erigirse como el chico más joven del equipo, era el máximo goleador, así como el buque insignia de los catalanes. El ascenso hacia el olimpo futbolístico comenzaba ahí, y él lo sabía.

Por si las emociones se quedasen escasas, el equipo rival no era otro que Andalucía, con su amigo Daniel en la misma situación. Más pronunciada incluso había sido la curva de progresión realizada por el andaluz, puesto que cuando se conocieron, el año anterior, ni siquiera jugaba al fútbol más que en pachangas de barrio. Recordó el momento en el que él mismo animó al chico a adentrarse en el mundo del fútbol de alta competición.

«Anímate, tienes un gran futuro por delante».

Comprobó el peso de sus propias palabras, puesto que su amigo y rival representaba el principal obstáculo para ser campeón de España.

    En cuanto se diluyeron las ondas acústicas del silbido inicial, los nervios se esfumaron. Su equipo comenzó con una fuerza inusitada, con un ímpetu desbocado, y los primeros quince minutos del encuentro se marcharon entre acometidas en forma de fútbol, que arrinconaban a los andaluces, ocasión tras ocasión. No podía ser de otra forma, y el cántaro se rompió. Las bandas catalanas eran puñales para las defensas andaluzas, Jordi consiguió rematar de cabeza uno de los precisos centros que sus compañeros le enviaban desde los costados. 1-0.

Ahí fue cuando cometió su mayor error.

—Todavía en la siesta, ¿eh, miarma?

El comentario de superioridad provocó una mueca en Daniel. No se molestó, de eso estaba seguro. Más bien, acababa de espolear a su amigo, había provocado que ser revolviera, despertando su espíritu combativo. Siempre se lo había dicho: «lo que realmente te falta es una meta que cumplir», y el propio Jordi se la había entregado.

Cualquier atisbo de dominio catalán se evaporó después de marcar el gol. Los andaluces, Dani a la cabeza, comenzaron a atacar con feroces oleadas, y en menos de cinco minutos ya habían obtenido el empate. Jordi se temió lo peor, y aunque trató de revertir la situación, vio cómo su equipo se veía desbordado ante el juego fluido y desenfadado de sus rivales.

Tres goles recibieron, y los tres llevaron la firma de Daniel.

El abrazo que les unió tras el pitido final le supo amargo como la hiel, y aunque sabía que su amistad no se vería resentida aquella noche, también fue consciente de que tenía ante sí a un chico capaz de marcar una época.

Jordi había creado un monstruo.

martes, 20 de octubre de 2020

Milagros

         La mujer encendió el televisor, hastiada ante lo que sabía que encontraría. Aunque llevaba años devorándolos, los programas del corazón cada vez le decían menos. Cansada de los comentarios de sus hijos, finalmente terminaría por darles la razón en que resultaban una patraña. Siempre el mismo mensaje vomitivo, solamente cambiaban los personajes.

Las series que veía a diario ya estaban consumidas, y su jubilación después de cuarenta y cinco años de enseñanza a niños pequeños le dejaba mucho tiempo libre para otros quehaceres. En aquel momento, zapeó de forma aleatoria. Saltó varios canales, y no fue hasta que dio la vuelta al dial cuando reparó que sí había algo que podía interesarle.


        Era una conferencia política. También vomitiva, sí, pero el hablar melodioso de quien se erguía ante el micrófono captó su atención. Un candidato bien escogido, sí, se dijo. Hablaba sobre dar un vuelco al sistema actual. Rompía con el molde habitual, pero siempre dentro del marco constitucional.

Milagros quedó hipnotizada ante el discurso del candidato de aquel partido político recién inaugurado, que tantas cosas prometía, y tantas buenas intenciones cargaba sobre la espalda. Como todos al principio. Todos los jóvenes políticos comenzaban con los mismos pasos convencidos, henchidos por su integridad, impolutos al no conocerse todavía sus trapos sucios.

El caso es que el porte de aquel hombre, sus gestos e incluso alguna de sus palabras llamaban a la puerta del recuerdo. Supuso que se trataría de anteriores mítines, en los que no había terminado de prestarle atención.

Comenzó a recoger la mesa, puesto que la pereza la había llevado a dejar los platos y cubiertos sucios tendidos sobre el mantel. Las viejas costumbres, en ocasiones, perdían vigor con el transcurso de los años. Recordó los hábitos que impartía a sus niños al comienzo de cada clase:

Colgamos el abrigo en la percha. Sacamos el estuche de la mochila y lo colocamos sobre la mesa. Lápices, bolígrafos, goma de borrar y pinturas para dibujar. Todo ordenado.

Comprobó que ella misma, con el paso del tiempo, se dejaba llevar por la incorrección. Sonrió para sí. Si no me dejo llevar ahora, ¿cuándo lo haré?

Su mente, sin embargo, se había quedado en los recuerdos. Evocó aquellas mañanas de risas y aprendizajes, de regañinas y puntuaciones. Efectuó un rápido repaso por los niños que más se habían acercado a su corazón: Cynthia, aquella sabelotodo que nunca quedaba satisfecha. Félix, el granuja que, a pesar de todo, era un trozo de pan. Rocío, que demostró fortaleza pese a las penurias de su infancia. Carlos, que casi era capaz de convencerla a ella misma de que lo que explicaba no era correcto. ¿Carlos…?

Sin saber cómo, volvió a prestar atención a la televisión.

…y así es como quiero conseguir llevar a nuestra sociedad a las cotas más altas en educación, ciencia y bienestar. Cuando era pequeño, la maestra de mi escuela decía: «podrás ser más listo o más tonto, más guapo o más feo, más o menos trabajador, pero lo único que siempre estará en tu mano es convertirte en una persona honrada y bondadosa». Bien, Milagros, si me estás viendo, quiero demostrar que de verdad me he convertido en esa persona. Quiero conseguir que nuestro país evolucione cada día…

El rostro de la maestra estaba ocupado por las lágrimas. En una época en la que la enseñanza se veía puesta en duda día tras día, aquella simple frase le demostró que toda una carrera de paciencia y búsqueda de un mundo mejor, había dado resultado.

viernes, 16 de octubre de 2020

Celia

        Los sentimientos son caprichosos. Tan pronto te encuentras en la cima del pico más alto, como desciendes al inframundo más tenebroso. Es necesario un solo gesto, una sola contrariedad para torcer el devenir de los designios de la personalidad humana.

Silvia se encontraba en aquel árbol de interminables ramas: euforia, furia, alegría, desazón. Se sentía en una especie de laberinto, de cuyo recorrido dependía el resultado de su tarro de las esencias particular. El ascenso en el trabajo, el inminente divorcio, el fallecimiento de su madre y la plenitud que su hijo le otorgaba se colocaban en la parrilla de salida de la carrera de su vida, batallando con ferocidad para comprobar cuál de ellas se imponía en su corazón.

Agarró con delicadeza el colgante broncíneo con la figura de un mandala. Su amuleto predilecto. Una de sus pasiones, de forma consciente e inconsciente, era perderse en el entresijo de callejones sin salida, bucear entre sus arterias, buscando aquella, solo una, que conseguía vencer al resto hasta encontrar la salida a aquel túnel infinito.


Escogió un camino, acariciando el metal. Representaría su progresión laboral. Lo siguió también con la mirada, ya que su dedo era demasiado grande como para acertar con el recorrido completo. El sendero imitó la fulgurante carrera que la había llevado, en poco más de dos años, a saltar varios peldaños, situándose en un lugar de prestigio en aquella reconocida marca de ropa deportiva. Sonrió, orgullosa de que tanto esfuerzo hubiera merecido la pena. Sin embargo, y aunque un buen oficio, estable y enriquecedor, resultaba fundamental en el progreso vital de una persona, no era lo más importante para ella.

El camino se cortó.

Siguió el sendero que acababa de sepultar al anterior. Este sería la separación de su marido. Le frustraba profundamente que tantos años de conjunción sentimental se fueran al traste por una época turbulenta. Silvia había sido una esposa contemporánea. Independiente, pero cariñosa y siempre sincera con Jaime. Tras un noviazgo de ensueño, completaron la tradición y se juraron amor eterno. El nacimiento de Iago supuso un empujón mayestático a lo que terminó conviertiéndose en una familia perfecta. A pedir de boca. Y sin embargo, con el paso de los años, la distancia sentimental entre amos, inexistente hasta entonces, comenzó a rasgar la corteza de una fruta que había comenzado a madurarse. Monosílabos que sustituían a sonrientes explicaciones. Más tiempo fuera de casa que en el hogar. Conversaciones fuera de lugar con personas desconocidas. Hasta que llegó la conversación. «Esto se ha acabado. Necesito una etapa a solas». Un muro de hormigón cayó sobre Silvia, despedazando su corazón. Jamás lo habría sospechado. ¿Por qué habría de hacerlo?

Camino bloqueado.

Como si de un deseo del mismísimo diablo se tratase, la semana posterior a la caída del muro de hormigón, falleció su madre. Sesenta años, y estaba, o eso le hacía creer, como un roble. «No te dijo nada para no preocuparte», fue la respuesta de su padre, antes de encogerse de hombros. Manuela, aquella mujer que lo había dado todo por su única hija. Aquella mujer que tuvo dos abortos hasta que consiguió alumbrarla. Aquella mujer que hubiera dejado cualquier cosa por ayudarla, había dejado la vida sin previo aviso con tal de no contrariar a Silvia. Un diluvio de emociones la acometió en aquella maldita jornada. Sus ojos terminaron desgarrándose de tanto llorar.

Y aun así, ese sendero del mandala estaba cerrado.

La imagen de Iago se formó en su cabeza, y Silvia sonrió al instante, embobada. Supo, desde el momento en que vio su cabecita por primera vez, que ocuparía el centro de su universo hasta que sus ojos efectuasen el pestañeo definitivo. La voz de pito con la que acudía a abrazarla por las mañanas significaba el más liberador de los despertares. Lloraba con él, reía con él. Soñaba despierta, queriendo descifrar qué incógnitas le deparaba el futuro.

        Surcó el llavero con suavidad, sintiendo el frío contacto del metal con la piel de su dedo. El camino serpenteó, libre y raudo, llevando el índice de Silvia hasta la escapatoria final.


*Imagen: Rafa Navas, Pinterest.

martes, 13 de octubre de 2020

Hache

         El eterno cursor parpadeando ante una página en blanco. Si este ya era, de por sí, un problema recurrente en el proceso de la escritura, para una autora neófita representaba un reto mucho mayor.

Hache, por su parte, parecía no estar contenta con tan escasa problemática, y contaba con una piedra más en un camino plagado de inconvenientes. Observó el cable que salía desde su teclado, rudimentario, de fabricación artesanal, y recorría la parte trasera de la impresora, para finalmente elevarse y alcanzar el otro artilugio de improvisada manufactura que ocupaba su estancia literaria.

Por cada diez segundos en los que las letras de su teclado no fuesen pulsadas, la soga que se ceñía a su cuello efectuaba un nuevo tirón. El bloqueo a la hora de escribir estaba prohibido, y tampoco había opción de engañar al sistema pulsando teclas al azar, pues ella misma se encargó de retirar la de borrado para no boicotear la ¿agresiva? estrategia de motivación.


Y ¿quién le había hecho llegar a semejante situación? La respuesta era tan evidente como dolorosa: ella misma. Hache había quedado tan prendada con Misery, la afamada novela de Stephen King en la que Paul Sheldon era forzado a escribir por Annie Wilkes, le había fascinado de tal manera la manera del autor de sacar fuerzas e ideas de donde no las hallaba, sabiendo que su interrupción o negación a la hora de escribir significaría un nuevo dolor y la posibilidad de perder la vida, que había confeccionado su propio mecanismo de obligación a la escritura. También se sorprendió retirando su propia letra, la hache, del teclado. Tendría que rellenar esos huecos a mano, como en el manuscrito original.

Hache era su propia Annie Wilkes, pero también era su Paul Sheldon particular.

¿Se arrepentía? Por supuesto que lo hacía. Más de cinco minutos transcurridos desde que la sesión diese inicio, y la cuerda se había ido recogiendo en función de ese tiempo desperdiciado. Todavía quedaba un pequeño margen de acción, pero el sudor de una tarde veraniega, unido al nerviosismo por ver su estrategia en entredicho, provocaban que el calor resultase sofocante. Asfixiante, tal y como ella moriría en caso de no activar su proceso de escritura cuanto antes.

Se enfrentaba a un nuevo capítulo de su primera novela, aquella por la que ya tenía gente esperando. ¿Cómo podía ser que hubieran decenas de futuros lectores aguardando por el trabajo de alguien que jamás había publicado? El encanto de Hache, por más que ella misma se negara a aceptarlo, traspasaba las fronteras de toda lógica. Las únicas líneas que habían visto la luz, a modo de relato corto, cautivaron al respetable, y la eterna espera a la que les sometía (como aquel escritor de fantasía que tenía a su público desesperado, casi diez años después de su último libro) también espoleaba a quienes ardían en deseos de perderse entre las miles de comas de su Ópera prima.

Un nuevo tirón de la soga la sacó de su ensoñación. Sintió el rasgar seco del esparto lacerando su cuello, con toda seguridad, enrojecido. Su cabeza ya estaba ladeada, su postura incómoda representaría un nuevo impedimento a la hora de comenzar su escritura. «Has desperdiciado el tiempo más valioso de toda la sesión», se recriminó.

Todo el ultimo párrafo se diluiría bajo las tinieblas de su cerebro si no conseguía comenzar a teclear. La ilusión por no convertirse en la nueva George R. R. Martin la espoleó y le brindó la vivacidad que necesitaba. Sin saber cómo, una palabra fue creada con la presión de sus dedos sobre el tacto artificial del teclado. Esa era la palabra más difícil de todo el texto. De manera inconsciente, sonrió. Dejó de ver el cable que recorría la parte trasera de la impresora, la soga dejó de existir y el dolor se diluyó, permitiéndole concentrarse solo en la pantalla que aguardaba frente a sí. El cursor continuaba parpadeando, pero la página ya no estaba en blanco, sino que se había ido rellenando de formas negras. Y comas, muchas comas.

La sonrisa se fue ensanchando a medida que los dedos enloquecían con su frenético golpeteo. La historia fue tomando forma, y lo que en un principio solo fue una idea fugaz, una imagen abstracta, se había ido transformando en un texto conformado por más de diez páginas.

Ya hacía más de dos horas en las que la cuerda no se había recogido un solo centímetro, y Hache se sintió complacida. Puso el punto y final a aquello que durante tantos meses se le había resistido, y supo que su demente artilugio de tortura creativa había dado resultado. Enloqueció de gozo.

Jajajajajajajajajajaja.

Entonces fue cuando se percató de que no existía un mecanismo para finalizar la sesión de escritura, de manera que la soga seguiría recogiéndose siempre que dejase de escribir.

Evidentemente, ya era muy tarde para la remota opción de, simplemente, liberarse de la cuerda.

Las tijeras, cuchillos o cualquier utensilio que pudiera servirle de ayuda habían sido alejados por ella misma con anterioridad, de modo que no podía cortar el yugo que la oprimía.

Maldición.

Jajajajajajajajajajajaja.