jueves, 19 de marzo de 2020

Relato: La verdad sobre Celia



La verdad sobre Celia

Martes, 8 de noviembre de 1988
13:14

Cuando Celia abrió los ojos, recordó que no estaba en su habitación. El lugar donde despertó era oscuro, solamente entraba la luz por las pequeñas rendijas de una persiana que no estaba bajada del todo. Tenía hambre, sed y se hacía pipí encima, pero todos esos problemas juntos no igualaban al peor de ellos: no tenía a su osito Constantino. Adoraba la suave textura de ese peluche. Ella era mayor, tenía siete años, sabía que Constantino no tenía vida y que no podría protegerla de ningún mal, pero no dejaba de sentirse más segura cuando lo abrazaba.
La cama era incómoda, más que la de su casa. La tanteó con unas manos inseguras, que percibieron el tacto rugoso de unas sábanas envejecidas. Sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y pronto pudo distinguir los límites de una habitación vacía, a excepción del lecho donde ella estaba sentada y una silla en la pared del fondo. A su derecha, unos pasos más allá, se podía intuir una puerta de color azul, el único medio de escape de ese odioso lugar. Se incorporó y golpeó en repetidas ocasiones la plancha de metal, primero con timidez, después con algo más de atrevimiento. En ambas ocasiones el resultado fue el mismo: ninguno.
La llamada de la naturaleza intensificó su timbre, y Celia era incapaz de reprimir el impulso. Se agarraba a la tela de la falda del colegio, y no podía dejar de pensar en riachuelos, cascadas y grifos abiertos. Recordaba a su padre chinchándole, unos años atrás, enumerando todo tipo de elementos acuáticos mientras la llevaba en volandas hacia el aseo más cercano. De pronto, su mirada se topó con la silla que antes había visto, y descubrió que escondía un cubo bajo su sombra. Tenía miedo de hacer pipí ahí, pero era la mejor opción que podía encontrar. Una vez vació el contenido de su vejiga en el cubo de plástico, suspiró de alivio mientras sonreía por los riachuelos, cascadas y grifos abiertos.
La sonrisa, sin embargo, duró unos pocos segundos. ¡Cuánto echaba de menos a mamá y papá! La última vez que vio a mamá fue esa misma mañana, camino al colegio. ¿Dónde estaban ahora? Y ¿dónde estaba ella?
La soledad y la incomunicación que la rodeaban habían tardado en atacarla, pero lo hicieron de manera estrepitosa y sin misericordia. Celia se encontró sollozando, gimoteando y derramando unas pocas lágrimas desconsoladas. No comprendía nada, no era capaz de entender por qué alguien querría tenerla encerrada en esa habitación que tanto miedo le daba. Pasaron muchos minutos, no sabría decir cuántos, hasta que el martilleo de sus propias preocupaciones y de su amargo llanto volvió a adormecerla, cayendo en un sueño azorado y desolador.


Calamocha
17:07

—Tranquilícese, señora Sáez —insistió la inspectora Buñuel—. Con algo de calma, será más fácil que recuerde los detalles clave.
¿Que me tranquilice? —La mujer estaba evidentemente fuera de sí— ¡Mi hija de siete años ha desaparecido! Y usted me pide calma.
—Se ha tratado de un delito múltiple, señora. Uno de los profesores del colegio ha sido hallado muerto en el patio.
—Lo lamento muchísimo —se excusó—, inspectora, pero yo solamente puedo pensar mi niña.

La madre de Celia había resultado ser el tipo de víctima C en la clasificación totalmente inventada de Marta Buñuel, inspectora al cargo de la Unidad de Personas Desaparecidas de Zaragoza. Desgraciadamente, era la tercera y última opción en un listado de dificultad ascendente. Es decir, que había dado con un hueso. El tipo A era la persona que, pese a estar consternada por el terrible suceso, trata de serenarse para ayudar en la medida de lo posible. Aunque no era lo habitual, el impulso que una víctima de este tipo llegaba a proporcionar era inestimable. En el tipo B, el familiar de la persona desaparecida no consigue salir del océano de sollozos y gimoteos provocado por la desaparición. Marta lo sufría en su propia piel, tanto por el afectado como por la propia investigación, que se paralizaba hasta que se conseguía serenar a la víctima.
El tipo C, el de Marisa Sáez, era el más complicado. Se cierra en banda con una actitud desafiante, grotesca en ocasiones, complicando la labor del inspector al mando, sintiéndose ofendido como quien encuentra un pelo en la sopa de un restaurante.
Nosotros no hemos secuestrado a su hija, quiso decirle Marta Buñuel. Pero sabía que ese no era el camino.

—Bien, señora Sáez —retomó la conversación con diplomacia—. Volvamos a intentarlo. ¿Sabe usted de alguien que esté enemistado con su familia? ¿Alguien que tenga motivos para hacer una cosa así?
¿Otra vez? —Se quejó— No tenemos problemas con nadie. Somos una familia pacífica, con una vida rutinaria y completamente normal ¡Tienen que encontrarla!
¿Señor Tobía?

Mientras Marisa resoplaba al ver que la inspectora no daba por válida su respuesta, José Tobía, su marido, se sentaba cabizbajo en el sofá, con los codos apoyados sobre las rodillas y un absoluto mutismo como única declaración. Tipo A. El problema en ese hogar era que un tipo C obstruía el camino hacia un tipo A. Tenía que sacar a la madre de ahí.

—Sergio, por favor —solicitó al subinspector de su unidad—, acompaña a la señora Sáez a la habitación de la pequeña y toma unas muestras. Señor Tobía —llamó al padre de Celia—, ¿caminamos un momento por el jardín?

Los primeros cinco minutos del paseo transcurrieron en un absoluto silencio. José Tobía se entretuvo memorizando los adoquines de la acera de su calle, y Marta respetaba esa espera, confiando en que terminase derivando en una declaración aprovechable. Los nubarrones de un día tan gris en lo climático como en lo sentimental marchaban sin pausa, a un ritmo vertiginoso a causa del viento violento que les estaba acompañando durante toda la jornada. Las ramas de los pinos y olmos vecinos bregaban y restallaban hacia uno y otro lado,  como la atormentada madre de Celia. Unas gotas dispersas comenzaron a caer de ese cielo esquivo, y temiendo que también cayeran del rostro del señor Tobía, la inspectora decidió seguir picando el hielo.

¿Qué me responde usted? ¿Tiene su familia alguien que pueda desearles semejante horror?
—No lo creo, inspectora —repuso después de unos instantes de silencio—. Como le ha dicho mi mujer, nuestra relación es la habitual de cualquier familia con sus allegados. Una vida normal en todos los sentidos.
La respuesta le pareció enigmática. Casi ambigua en su explicación. Por ello, quiso explicarle a José la situación en la que se encontraban.
—Verá, el móvil habitual para un secuestro suele ser el monetario. Se atrapa al sujeto, y una vez puesto a buen recaudo, se solicita una suma de dinero desproporcionada a los familiares. Otro motivo para raptar a un niño es el ansia por tener un hijo que no ha podido obtenerse de manera biológica o mediante una adopción, pero es raro de ver que alguien llegue a ese extremo. Y el tercer motivo es el odio, la venganza, el deseo de ver sufrir a las víctimas —el padre de Celia continuaba contando adoquines, o hebras de césped, en función de por dónde caminasen, pero Marta sabía que tenía los cinco sentidos puestos en sus palabras—. En el caso concreto de su hija, estoy comenzando a descartar el dinero como motivo para llevarse a la pequeña Celia. No se ofenda, pero aunque se nota que ustedes tienen una vida sin complicaciones económicas, también se aprecia a simple vista que hay objetivos mejores para pedir un rescate. Por lo tanto, y dejando momentáneamente de lado la segunda opción que le he dado, al ser la más remota, por ahora me decanto por algún tipo de enemistad como móvil para hacerles esto. De ahí que insista tanto, y perdón por el sermón.
—No se preocupe, inspectora —contestó el hombre con una sonrisa torcida—, me ha servido para ver con perspectiva la situación. Lamentablemente, la respuesta sigue siendo la misma. No tenemos ninguna desavenencia que recordemos, en nuestro círculo cercano no hay ningún tipo de conflicto.

La inspectora decidió intentarlo por otro camino.

—En las declaraciones que nos han prestado en el colegio, nos han proporcionado una descripción de los dos secuestradores. Un hombre de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, canoso y con una incipiente calvicie, de brazos musculoso. Corpulento en general. La mujer, de una edad similar, era menuda, con gafas y pelo negro, rizado, en palabras de la profesora que testificó, casi a lo afro. ¿Le dicen algo estas dos descripciones?
La sombra del espanto acudió al rostro de José Tobía. Fue solamente un instante, después del cual se recompuso y respondió:
—No, inspectora, no me dicen nada. Vaya descripción tan detallada le han dado en el colegio.
—Ya lo creo. En cualquier caso, si está seguro de que no conoce a esas personas —recalcó las últimas palabras con intensidad—, tenga mi tarjeta, pueden llamarme a cualquier hora. Y si los secuestradores se pusieran en contacto con ustedes, por supuesto, me llaman nada más colgar.

Marta Buñuel observó cómo el padre de Celia volvía a su vivienda arrastrando los pies, en el mismo momento en el que Sergio Cañaes abandonaba el portal de la misma. No sabía cuál era el motivo por el que esa familia se encerraba y mentía, pero la inspectora había dado, con José Tobía, con un posible tipo D para añadir a su glosario.


20:19

Era el tercer plato de comida que le servían. A las dos de la tarde, el hombre que se la había llevado le tendió una generosa ración de macarrones. No dijo una palabra, más que un pequeño gruñido cuando Celia le preguntó si podía llamar a sus padres. Dejó el plato sobre la silla y se marchó sin despedirse. Hacia las cinco, apareció de nuevo con un pequeño bocadillo y un plátano. Mismo episodio, solo que Celia no se atrevió a articular palabra en esa ocasión.
Odiaba a ese hombre con todas sus fuerzas. ¿Qué quería de ella?
Después de haber dejado el plato de los macarrones más limpio que después de lavarlo, el enfado y la angustia que sentía le impidieron tocar la merienda que le fue servida. Quizás el orgullo también tuviese una pizca de culpa, sí. No entendía el porqué de tanta visita y tanta alimentación si no había humanidad hacia ella. Una explicación le hubiera llenado más el estómago que ese plátano. Con todo esto en la cabeza, Celia volvió a llorar hasta secar su estanque de lágrimas. No podía verse, pero estaba segura de que tenía los ojos enrojecidos, más que cuando su madre la regañaba. Estaba agotada, física y mentalmente, y lo peor de todo era la ignorancia sobre su futuro. ¿Qué estarían haciendo sus padres? ¿La policía estaba buscándola? ¿Sabía alguien acaso que había desaparecido?
Se encontraba en esa retahíla de preguntas interminables, cuando volvieron a chirriar los goznes de la puerta que la separaba de la libertad. Apareció una pequeña rendija de luz artificial, ampliándose progresivamente, hasta que una sombra humana hizo que se esfumase. La figura menuda que ocupó ese espacio era la de la mujer que había participado en el secuestro. Era la primera vez que la veía desde entonces, puesto que todo contacto posterior había sido con el hombre sin palabras. Una maraña de rizos anárquicos coronaba su cabeza, y las gafas de pasta le daban una apariencia resabida que Celia estaba a punto de comprobar si era real.

¡Hola, Cuqui! ¿Cómo estás? Yo soy Candela. ¿No te ha gustado el bocadillo?
Celia estaba perpleja. El vuelco respecto al otro secuestrador era tan grande, que no sabía qué responder.
¿Cuqui? —Fue todo lo que salió de su boca.
—Cuqui, cariño… Ya sabes, para romper el hielo.
¿Dónde estoy? —Preguntó Celia, queriendo sacar tajada de la aparente simpatía.
—Creo que esos asunto los podemos dejar para más adelante. Por el momento, vamos a preocuparnos de que estés lo mejor posible. ¿Es cómoda la cama?
—Bueno… No está mal —respondió cuando vio que los ojos de la mujer se abrían, inquisitivos.
—Cuando llevemos un tiempo aquí y te hayas acomodado, buscaremos otra mejor.
¿Un tiempo?
—Y podremos buscar algo para decorar tu habitación —atajó la mujer—. ¿Quieres?
—Esto no me parece que sea una habit
Se detuvo. Había algo en los ojos de esa mujer que intranquilizaba profundamente a Celia. Era todo amor, nubes y pajarillos, pero la rigidez de la que dotaba a su mirada cuando algo no le agradaba, la convertía en el peor de los demonios.
—Con el tiempo ya verás como te lo parece.

Ambas echaron una ojeada a su alrededor. Las paredes eran grises, testigos mudos de la reclusión a la que estaba sometida. Un par de grietas desfilaban por la fría superficie, quizás representando las insignificantes posibilidades que tenía de salir de ahí. Al menos, quiso consolarse, no habían hecho nada malo con ella. Por el momento. En cualquiera de los casos, Celia era una niña, pero tenía un carácter poderoso. No se dejaba amedrentar por nadie, y después de haberse repuesto de una experiencia traumática, se veía con fuerzas para plantar cara a esa mujer. Trataría de no mirarla directamente a esos ojos pacíficos en ocasiones, sanguinarios en otras, y todo iría bien.

—Quiero volver a casa —escupió sin pensarlo.
—Esta es tu casa ahora —repuso la mujer, con una naturalidad pasmosa.
—No, porque en mi casa están mamá y papá. ¡Y quiero volver con ellos!

Otra vez esa mirada. Celia desvió la suya, atemorizada, pero sus ojos captaron, a través de la comisura, cómo la iluminación de la estancia aumentaba. Cuando volvió la vista, estaba sola. La mujer se había ido. No sabía si estar agradecida, o aterrada. Sus palabras habían sido dulces en todo momento, pero sus gestos, silencios y omisiones daban más miedo que cualquier gruñido de su compañero.
De esta manera, con Celia sumida en un revoltijo de emociones afligidas, se lanzó sobre un camastro que ofrecía tan poca compañía y tan poco consuelo como el que también debía necesitar Constantino, su osito. Echaba de menos a mamá, echaba de menos a papá. Las coloridas paredes de su habitación, y el sedoso tacto de sus sábanas. Quería corretear por el jardín, y volver al colegio.
No, volver al colegio jamás. Después de lo sucedido, no lo haría nunca.
Celia entornó los ojos paulatinamente, mientras todos estos pensamientos danzaban por su mente. No supo en qué momento dejó de estar despierta, pero era tal su cansancio, que se durmió con las piernas todavía apoyadas en el suelo.
No fue consciente de que Candela entraba en la estancia, caminando de puntillas, para acomodarla en el camastro y arroparla con ternura.


Calamocha
22:29

¡Son ellos! —Chilló José— ¡Me lo dijo la inspectora!
—Ha pasado mucho tiempo. La gente cambia, tú mismo no te podrías reconocer si te vieras hace siete años.
—No hay una pareja en el mundo como esa, Marisa. El pelo de esa mujer, con las gafas, y el hombre corpulento. En toda la provincia podrías encontrar esa mezcla.
—Puede que tengas razón —respondió su mujer después de meditarlo unos segundos—. Tenemos que ir a por Celia.
¡No! —Espetó su marido— Tenemos que llamar a la inspectora, y contárselo todo.
¿Tú estás loco? Si hacemos eso, terminaremos en la cárcel, y Celia ¡en una casa de acogida!

José se dio la vuelta y comenzó a inspeccionar el salón de su hogar, aunque lo conocía de memoria. Un número incalculable de fotografías ocupaba cada una de las baldas de un mueble que llevaba décadas sin moverse. Vistió esa misma estancia cuando la vivienda pertenecía a sus abuelos, a sus padres, ahora a ellos. El televisor emitía un concurso de preguntas que tenía a toda la sociedad española pendiente de él. Ellos mismos, en una noche normal, estarían prestándole toda su atención mientras Celia dormía.
Pero Celia no estaba, y sus vidas se habían convertido en un suplicio de la noche a la mañana.
Él lo sabía. Sabía que llegaría el día en el que sus actos atrajeran a las inevitables consecuencias. Cuando haces algo inapropiado, siempre hay consecuencias. Marisa no le escuchó, y aunque nadie esperaba algo así, había terminado por llegar.
Salió de la casa, dando un portazo tremendo. Necesitaba fumar. Disfrutó cuando la nicotina aliviadora de un cigarrillo, el primero en casi cinco meses, se internaba en sus pulmones, dominando su organismo como había hecho siempre. Como el viajero que vuelve a su hogar después de una peregrinación de varios meses.
Hogar, dulce hogar.

¿Vienes a casa? O ¿tengo que solucionarlo yo todo?
—No sé qué vamos a poder solucionar —replicó José, mientras tiraba la colilla al suelo y recorría el camino de vuelta al salón—. En realidad, ahora está todo en su sitio.
—Como vuelvas a decir eso —su mujer habló con tono glaciar—, me llevo a la niña en cuanto la tengamos de vuelta.
—Y ¿qué quieres que hagamos? ¿Que vayamos a un lugar que no conocemos, recojamos a Celia como si estuviera en una excursión y nos la traigamos de vuelta a casa?
Marisa sonrió.
—Eso es exactamente lo que quiero que hagamos.



Miércoles, 9 de noviembre de 1988
Teruel
9:01

—No tiene mucha historia, inspectora —sentenció el forense—. Este profesor murió de un golpe fortuito, provocado después de un forcejeo con los secuestradores.
—Encaja con la declaración de la directora del colegio. Afirma que, cuando ella apareció, ya se esfumaban por la puerta del patio y un charco de sangre crecía bajo la cabeza de este hombre desafortunado.
La inspectora observó al doctor entornando los ojos, cansado de una conversación que se acababa de iniciar.
—Tiene unos arañazos leves en las muñecas, provocados por la disputa previa, pero el resto de su cuerpo está impoluto. Y ahora, si me permite, tengo que continuar con otro caso.

Marta Buñuel había querido estar presente en la autopsia del profesor Peruga. Sabía que no iba a encontrar nada que la ilustrase para atrapar a los secuestradores —y homicidas—, pero inconscientemente se lo había tomado como una forma de honrar al hombre que murió tratando de defender la vida de su alumna. El forense con el que había tratado le dedicó una mirada desdeñosa cuando la vio aparecer. Por lo visto, gustaba de un trabajo rápido y sin público al que contentar, y esa inspectora de Zaragoza había importunado su ritual.
Que te den, escupió Marta para sus adentros.
Volvió a la pequeña mesa que le habían cedido cordialmente en la comisaría provincial. Sobre ella, tenía los informes relativos a Marisa Sáez y José Tobía, los padres de Celia. Aunque se tratase de un daño colateral para los secuestradores, la muerte del profesor estaba ligada al secuestro de la niña, de manera que certificando la salvación de la pequeña, estaría obteniendo también justicia para Emilio Peruga.
Marisa y José formaban un matrimonio feliz, con la protagonista del delito como única descendiente. Ella, enfermera; él, corredor de seguros. Una familia convencional, como habían insistido. Vivían en esa casa de Calamocha que había pertenecido a varias generaciones anteriores de los Tobía. Ella se había mudado allí desde Lechago, uno de los pueblos vecinos. La familia tenía un historial impoluto, sin ninguna infracción de tráfico o antecedente penal, por insignificante que fuera, del que Marta pudiera tirar.
En realidad, era muy improbable que ese matrimonio hundido estuviese detrás de la desaparición de su única hija. Solamente dos motivos habían empujado a la inspectora a bucear en esos expedientes: la actitud cortante de la mujer, y la expresión de asombro del marido en su última conversación. Algo escondían, Marta se jugaría el cuello, pero era cierto que se les veía tan preocupados como cualquier otro matrimonio en semejantes circunstancias.
La inspectora agarró los expedientes y se marchó. Nunca se había sentido cómoda investigando en un despacho, y uno que no le pertenecía aumentaba esa sensación desazonada. Ella necesitaba sentir que el aire golpeaba en su rostro, paradójicamente, necesitaba distracciones que la ayudasen a concentrarse. Se sentó en un banco de la plaza que había junto a la comisaría. Se trataba de un día espléndido para la época del año que corría, totalmente opuesto a la jornada taciturna ofrecida el día anterior. Los pajarillos cantaban, confesándole que luchase por Celia, que trabajase duro, que se concentrase en esos papeles y que, si no hallaba la solución en ellos, les diese carpetazo y lo intentase por otro lado.
Marta escrutó de nuevo los expedientes. Los había ojeado por encima, pero tenía pendiente el último par de páginas de cada uno de ellos. En el de José, nada interesante. Hablaba de sus padres y abuelos, una breve crónica familiar. Respecto al de Marisa, se mencionaba la fuerte creencia religiosa de su familia, los lazos que unían a su padre con la Iglesia y la estrecha relación de los Sáez con el sacerdote de Zuera.
La sombra de una sospecha traspasó el cerebro de Marta.
Zuera. Conocía ese pueblo, puesto que estaba situado a unos treinta kilómetros de Zaragoza.
Y lo había leído antes en esos expedientes.
Rebuscó entre las páginas hasta que alcanzó el de Celia. Ahí estaba: lugar del bautismo: Zuera.
Una alarma sonó en su interior. ¿Por qué se celebraría el bautizo de una niña a casi doscientos kilómetros del lugar donde vivía esa familia? No había familiares ni ningún otro lazo que uniese a los padres de Celia con Zuera. Solamente ese sacerdote.
No era más que una sospecha, una corazonada, pero algo le decía que ese era el hilo del que tenía que tirar. Eso, o quizás que no tenía ningún otro del que hacerlo.

¡Inspectora! —Sergio Cañaes, el subinspector, acudía a ella con expresión azorada— ¡Inspectora!
—Tranquilo, Sergio, respira —espetó ella con sorna.
¡Los padres de la niña, se marchan!
¿Cómo que se marchan? ¿A dónde?
—Hacia el norte —respondió él, todavía resollando—. Han salido hace diez minutos.
¿Traes las llaves del coche? —ante el gesto afirmativo de Sergio, Marta le tendió la mano— ¡Vámonos!

Después de una mañana reflexiva en la que todo el trabajo se había realizado en el depósito de cadáveres, sobre la mesa de un escritorio y bajo el canto de los pájaros, Marta Buñuel tendría la posibilidad de disfrutar de la esencia de su oficio de la mejor manera: pasando a la acción.


Zuera
13:16

Debía de tratarse del secuestro más atípico de la historia. Uno en el que la víctima pasaba la mayoría de su tiempo custodiada —¿vigilada?— por uno de los secuestradores, con todo tipo de comodidades. Durante buena parte de la mañana, Candela había acompañado a Celia en su cautiverio, ya fuera ofreciéndole comida, llevándole revistas, tebeos, y un sinfín de actividades lúdicas para tratar de confraternizar con ella. Dadas las circunstancias, prefería la soledad, pero por muy amistosa que se presentase esa mujer, dudaba que tuviese en cuenta la opinión de la niña a quien tenía retenida.
Por el aro que tenía claro que no iba a pasar, era por el de conciliarse totalmente con ella. En su última visita había traído una baraja de cartas.

—He pensado que, de esta manera, podemos pasar las horas muertas.
Celia consiguió emitir un resoplido de desaprobación.
—No somos amigas —recriminó, plantándole cara de una vez—. No eres mi madre, y prefiero estar a solas.

La noche anterior, cuando Candela se marchó sin articular palabra, dolida, Celia se prometió que no volvería a retirarle la mirada por miedo. En esta ocasión, y tratándose del mayor atrevimiento que le había lanzado, intentó ser lo más fuerte posible, y no sucumbió ante esos ojos diabólicos. Aguantó su mirada durante varios segundos, como si estuviese jugando con su madre a ver quién se reía antes. Tanto fue así que temió que una sonrisa traviesa se estuviese esbozando en sus labios. Finalmente, fue salvada por la reacción de Candela, que suavizó su expresión, dando por perdida la batalla.

—Está bien, no tenemos porqué jugar a las cartas. Cuéntame, ¿qué tal en el colegio?
—Bastante bien —respondió ella, envalentonada—, hasta que vinieron unas personas mayores y me sacaron a rastras de allí.
Candela aguantó de nuevo el envite, permitiéndose incluso ofrecer una sonrisa aislada.
—Me gustas, pequeña —declaró la mujer, sorprendiéndola—. Me encanta tu actitud, y tu carácter. Eres todo lo que una niña de siete años puede llegar a ser. Parece mentira que una criatura tan pequeña llegue a convertirse en una niña con esta inteligencia.
Celia no supo qué decir ante semejante reflexión.
¿Tus padres te tratan bien?
—Son los mejores —afirmó ella, sin dejar un segundo para la duda.
—Me alegra mucho escuchar eso. Nosotros te vamos a tratar igual de bien. Dime una cosa: ¿dónde te gustaría vivir?
¿Cómo?

Celia estaba confusa, pero por suerte o por desgracia, no tuvo tiempo para asumir lo que se le había preguntado. Comenzó a escuchar unos gritos agitados en el piso superior. Varias voces graves, una sola más aguda. Ambas permanecieron en silencio, tratando de reconocer alguno de los timbres, poniendo el cien por cien de su atención en lo que se estaba viviendo arriba.

¿Dónde está? —Preguntó una voz que le resultaba familiar. Muy familiar.

Cuando Celia estaba haciendo acopio del aliento suficiente para chillar con todas sus fuerzas, la mano de Candela tapó su boca, ahogando el grito que pretendía llamar la atención. Sin sopesarlo ni un solo momento, utilizó sus dientes para morder la mano de su secuestradora. Apretó lo más fuerte que pudo, y sintió cómo la carne se hundía por debajo de su dentadura. Candela gritó horrorizada, un alarido inhumano que se mezcló con el grito encolerizado de la pequeña. Saboreó el hilillo de sangre que se internó en su boca, y supo de esta manera que jamás se dejaría amilanar por nadie más. Soltó a su presa, y la mujer retrocedió varios pasos, agarrándose una mano con la otra, observando el resultado de interponerse entre ella y su madre. Libres al fin, sus cuerdas vocales dieron rienda suelta al impulso que llevaba unos segundos aguardando su momento:

¡Mamáááááááá!


Camino a Zuera
13:10

Parecían dos desconocidos. Llevaban más de cien kilómetros de carretera y no habían mediado palabra. El matrimonio de los Tobía y Sáez, que tan feliz había sido siempre, pasaba por el peor momento en sus trece años de relación. No era para menos, después de que les fuera arrebatado su nexo de unión, el gran motivo por el que sonreían cada mañana al despuntar el alba.
José Tobía retrocedió más de una década en el tiempo. Después de un noviazgo apasionado, como lo son los mejores, los problemas llegaron con la dificultad a la hora de dar el siguiente paso. No conseguían el embarazo deseado, y la frustración les acompañó durante varios años inciertos. Uno y otro, de mejor o peor manera, fueron asumiendo que el destino quería privarles de una descendencia, y la adopción era una opción demasiado remota, costosa y dilatada en el tiempo. Entonces, y gracias a las puertas que podía abrirles Pedro, el padre de Marisa, llegó el momento de tomar la decisión.
Ese día supuso el mayor punto de inflexión en las vidas de ambos, tanto para bien como para mal. Se les brindó la oportunidad de tener a Celia, y cambiaría cada una de las decisiones de su vida con tal de que su pequeña siguiese con él. Y sin embargo, ese momento también era el que le acarreaba pesadillas por las noches, y le generaba remordimientos que se habían ido espaciando cada vez más en el tiempo.
Hasta el día anterior.

—Hemos llegado —informó la voz a la que idolatró un tiempo atrás.
—Muy bien —mirando todavía por la ventana, respondió de manera ausente.
¡Espabila, José! De lo que hagamos ahora depende que Celia vuelva con nosotros.
Tenía razón.
—Tienes razón. ¿Qué propones?
—Tenemos que cogerles desprevenidos —agarró su mano con ternura, queriendo atraerle a su terreno—. Si conseguimos deshacernos de uno de ellos rápido, estaremos en superioridad.
¿Deshacernos? —José estaba escandalizado— ¿Te crees que esto es una película de Bruce Willis?
¿A qué crees que hemos venido?
—A hablar con esa gente, a hacerles entrar en razón y convencerles de que nos devuelvan a nuestra hija.
—Lo que tú dices suena más a película que lo mío, imbécil. Te recuerdo que, para esa mujer, no somos los padres de Celia.

Después de unas pocas pullas más por cada bando, bajaron del vehículo sin estar de acuerdo en lo que harían a continuación. Marisa se aproximó con cautela a la repisa de una ventana que daba al interior de la vivienda, y se asomó por la misma. Mientras tanto, él tenía claro que las palabras les llevarían más lejos que las acciones, y caminó decidido hacia la puerta. Estaba a punto de tocar al timbre cuando una sombra pasó veloz por su lado y arremetió contra él.
Su mujer.
O quien lo había sido.

¿Eres imbécil? —Estalló a viva voz— ¡Acabas de tirar por tierra nuestras posibilidades!
¡Lo que no soy es un asesino!

José observó que la puerta de la casa se abría, un par de metros más allá. También observó la mirada encolerizada de Marisa, en la que parecía estar iniciándose un incendio de proporciones desmesuradas. Tenía el rostro desencajado, de tal manera que parecía estar bajo los efectos de alguna droga. Sabía que no era el caso, que se trataba de la locura, apoderándose de su esposa. José solamente tuvo tiempo de observar una cosa más. Todavía aturdido por la caída, asistió como público de honor al momento en el que Marisa le agarraba del pelo, tiraba de él, y emprendía el movimiento de vuelta para que su cabeza impactase contra el asfalto de la calle.
Escuchó una voz grave al fondo, acudiendo quién sabe si al rescate.
Escuchó también una voz angelical, su voz angelical, mucho más lejana, un grito de auxilio furibundo que decía mamá.
Solamente fue consciente de un par de golpes más, divisando en el lejano horizonte el rostro enajenado de la mujer a la que una vez amó.


Camino a Zuera
13:22

El monótono recorrido de la carretera había provocado que Marta Buñuel se internase en lo más profundo de sus recuerdos policiales. El sol, que en ocasiones se exhibía y en otras se ocultaba, le evocó a desplazamientos anteriores por tierras aragonesas, persiguiendo a otros secuestradores. Por fortuna, podía presumir de que la mayoría de los casos en los que había trabajado se habían resuelto satisfactoriamente. Recordaba las dos excepciones con demasiada claridad. Julia Sanjerjo y Esteban Lázaro. Dos nombres que jamás olvidaría, así como la historia detrás de ellos. Estaba totalmente decidida a que Celia Tobía no se subiese a ese carro del infortunio.
Tan ajena se encontraba a lo que transcurría a su alrededor, que había olvidado por completo la sirena que aullaba sobre el techo del vehículo. Miró a su izquierda, y comprobó que el subinspector Cañaes no contaba con esa suerte, y mostraba una mueca de molestia en su rostro. Marta rió.

¡Tampoco es para tanto, hombre!

El paisaje que les acompañaba comenzó a transformarse. La carretera se rodeó de alguna vivienda solitaria, las señales de tráfico mostraban cifras menos elevadas, y el inconfundible cartel de Zuera apareció ante sus ojos. Las calles de la población les recibieron con un par de miradas de desconfianza, y con la calma habitual de una localidad tranquila a la hora de comer. En un pequeño bar se juntaban los jubilados, que jugaban al dominó. En otra callejuela, los niños pateaban un balón de fútbol, pero nada más.
Con la sirena ya desactivada, no tardaron en alcanzar la dirección que les habían dado por radio, y se toparon con el Ford de José Tobía y Marisa Sáez. Detrás de él, una vivienda solitaria, antigua y, a simple vista, descuidada. El polvo se acumulaba en las persianas del piso superior, que llevaban meses, quizá años, sin levantarse, y no había señal alguna de que el hogar estuviese habitado. Bajaron del vehículo con cautela, haciéndose gestos para compaginar sus movimientos, ocultos tras la patrulla en un primer momento, y utilizando el coche de los padres de Celia como cobijo después.
Había llegado el momento de la acción, para el que Marta había estudiado y se había adiestrado toda su vida. Los papeleos eran necesarios, y en la mayoría de las ocasiones suponían la diferencia entre el éxito y el fracaso, pero a la inspectora Buñuel el cuerpo le pedía movimiento.
Por desgracia, no tardó en encontrarlo. Cuando asomó la cabeza tímidamente desde el lateral del Ford Fiesta, descubrió un cuerpo inmóvil, tendido en el suelo. Miró a uno y otro lado como medida de seguridad, y cuando comprobó que no había compañía en las inmediaciones, corrió para prestar auxilio.
Un auxilio que llegaba tarde.
El cuerpo sin vida de José Tobía yacía sobre el frío asfalto de las calles de Zuera. Escuchó a Sergio Cañaes llamar a una ambulancia por la radio de la patrulla, pero le hizo un gesto negativo desde la distancia. La desolación se asomó al rostro del subinspector, que endureció a continuación el semblante, y acudió como apoyo para la inspectora.

—Esto se complica —informó escuetamente.
—Gracias, no me había dado cuenta —respondió ella con sarcasmo—. Vamos, los demás deben estar en la casa con Celia.

La pareja se parapetó a uno y otro lado de la entrada a la vivienda, y asomaron unos ojos que apenas pudieron divisar algo. Siguieron superando esquinas, adentrándose en un hogar en cuyas primeras estancias no encontraron compañía. Guardaron silencio por un instante, tratando de descubrir de dónde provenían las voces ahogadas que apenas habían alcanzado a percibir.

¡En el sótano! ¡Rápido!

Una puerta, al fondo, los dirigió escaleras abajo, y otra más robusta, de un metal azulado, les prometió compañía.
Unas señales, mudas pero acompasadas, iniciaron una cuenta atrás. Sirvieron, como tantas otras veces, para que Marta y Sergio irrumpiesen en el sótano donde no les esperaba nadie. Descubrieron una fiesta a la que no habían sido invitados, en la que Marisa Sáez encañonaba con una pistola la sien del secuestrador. Mientras tanto, la pequeña Celia, sobre quien giraba todo aquel caos, trataba de escaparse de las garras de la secuestradora.
Eran ellos. Tal y como los habían descrito en el colegio. Tal y como les habían dicho por radio, camino a Zuera.
Sin embargo, el control de la situación parecía tenerlo la madre de Celia. Cuando vio que alguien entraba en la estancia, cedió el testigo a sus impulsos y, presa del miedo, disparó hacia los inspectores. El proyectil pasó zumbando a escasos centímetros de Marta, que observó la expresión de horror de Marisa al reconocerla. El subinspector aprovechó esta circunstancia y se abalanzó sobre la mujer, haciéndola caer estrepitosamente sobre el cemento.
Miró a su alrededor: después de ver la vida pasar ante sus ojos, todo parecía estar en orden. La única persona que tenía un arma estaba sometida bajo el cuerpo de Sergio Cañaes, y el matrimonio secuestrador parecía aterrorizado al observar hasta qué punto se habían desmadrado sus actos.

¡Mamá! —Gritó Celia, viéndose libre al fin.
—Candela Román y Óscar Zabal, quedan detenidos por el secuestro de Celia Tobía y el asesinato de Emilio Peruga y José Tobía.
¡A su marido lo ha matado ella! —Rugió el hombre, completamente desquiciado.
¿Mamá? —Preguntó la niña, incrédula.

Marta observó a la madre de la pequeña. Tenía la mirada perdida, pero las salpicaduras de sangre, pequeñas pecas carmesíes en un rostro desquiciado, relataban unos hechos inconfundibles. Pensó en la pobre Celia. De un día para otro, había pasado de tener una vida feliz a que el caos la gobernase por completo. Un padre asesinado, una madre homicida.
Una familia destruida.
Entre Sergio y Marta, esposaron a los tres adultos de la habitación en un completo silencio. Tan solo se escuchaban, de manera esporádica, los sollozos entrecortados de la verdadera víctima de aquel caso.

¿Qué va a pasar con ella? —Preguntó Marisa, con un tono neutro.
Fue el subinspector el único que se dignó a informar.
—Será llevada a un hogar de acogida y, con suerte, pronto será dada en adopción.
—Pero ¡es mi hija! —Protestó ella, débilmente.
—No, ¡es mía! —Fue Candela quien escupió las palabras, con desprecio— ¡Lleva mi sangre, compruébenlo! ¡Soy su madre biológica!
¿Mamá? ¿Qué está diciendo esta mujer?

La comitiva formada por inspectores, detenidos y Celia se detuvo por un instante.
Los primeros lo sospechaban, los segundos lo sabían, y la víctima estaba absolutamente perpleja.

—No hagas caso, cariño, esa mujer está loca.
—Cállese usted, Marisa —la orden de la inspectora no dejaba lugar a la desobediencia —. Al menos, deje que la niña sepa la verdad.

Candela Román y su marido eran delincuentes. Habían secuestrado a una niña inocente, y eso no había quien lo borrase. Pero Marta Buñuel no podía dejar de sentir una profunda aprensión por aquella situación. Una niña que tenía dos padres y dos madres. Biológicos, y de adopción ilegal. Unos desconocidos, otros la habían criado. De la noche a la mañana los había perdido a todos. Decidió que, al menos, la niña debía tener conocimiento de su propia historia, y permitió que Candela y Celia se separasen por unos minutos y hablasen cuanto tuviesen que hablar.
Observó unas palabras llenas de emoción que eran recibidas con un recelo gigantesco, pero que menguaba con el transcurso de los segundos. Cada frase de la mujer, bien trenzada, emitida desde el fondo de un corazón desconsolado, servía para aproximarse un poco más a su hija biológica. Durante un instante, las manos de una y otra se unieron como señal de mutua y profunda empatía.
La inspectora, abstraída por la escena, decidió darles privacidad e hizo su trabajo.
Llamó a la comisaría de Zaragoza e informó del cadáver que aguardaba paciente sobre el asfalto.



Viernes, 7 de diciembre de 1992
Hogar de acogida Niños felices, Zaragoza
16:44

¿Cómo estoy?
—Estás genial. Tranquilízate.

Óscar nunca había sido un hombre de muchas palabras, pero las pocas que le había dedicado en los últimos años, habían sido las correctas. Se encontraban, con absoluta seguridad, en el momento de mayor importancia de sus respectivas vidas. Jamás, en los años anteriores de oscuridad y calamidades, hubieran soñado con tener un final tan feliz, dadas las circunstancias.
Cuando fueron arrestados, la condena, que podía haber llegado hasta los quince años, se había visto ostensiblemente reducida. Testimonios providenciales como el de la inspectora Buñuel, atenuantes como la injusticia de la que habían sido víctimas, y los lazos de sangre que unían a Candela y Óscar con Celia, habían derivado en que solamente hubiesen permanecido cuatro años en prisión. Se les había concedido la custodia provisional de su hija, y aunque la vigilancia sobre ellos iba a resultar asfixiante, al fin tenían unos cimientos sobre los que construir una vida normal.
Una vez solucionados todos los asuntos burocráticos, se enfrentaban al momento de mayor temor de toda aquella aventura. Tenían que aprender a convivir con una chica, ya adolescente, que había visto morir a las personas que la habían criado, la habían educado, que le habían enseñado todo cuanto sabía. Se había visto obligada a pasar por cuatro años de orfandad, y no sería extraño que los culpase a ellos por todo. A fin de cuentas, y con más o menos razón, ellos eran quienes habían desencadenado todos los sucesos. Dos hombres habían perdido la vida, uno directamente por sus manos.
Para ser justos, Óscar debía regresar a prisión. La muerte del profesor del colegio era un asunto mayor, y todavía debía cumplir un año más de cautiverio. Pese a todo, él sonreía. La veía feliz, y sabía que, más pronto o más tarde, formarían una familia cercana a la normalidad.
La puerta ante la que aguardaban se movió tímidamente, chirriando con cada grado de apertura que conseguía, y el rostro cohibido de una joven, casi una mujer, asomó por detrás de ella.
No sonreía, aunque ellos no lo esperaban.
No les abrazó, aunque tampoco contaban con ello.
La relación que les unía tenía que construirse al ritmo apropiado, y probablemente sufriera muchos altibajos.
Pero Candela era feliz. Lo era porque, por primera vez desde que su hija nació, tenía la posibilidad de demostrarle cuánto daría por ella.

martes, 17 de marzo de 2020

Reseña: Dögunljósey

No había una mejor manera de cerrar mi periplo por los autopublicados y Kindle Unlimited. Comencé esta experiencia de tres meses con G.G. Velasco y su Lo que define a una llama, y cerrar con otra de sus novelas, después de la inmejorable impresión que me dejó la primera, me parecía el broche perfecto.

Voy a decirlo desde ya, igual que se lo dije a él mismo hace poco. Estamos ante un escritor que podría escribir lo que le diera la gana, ya que de la forma en la que lo hace, se convertiría automáticamente en una genialidad. Hasta el momento, los dos manuscritos de Velasco que he tenido entre mis manos han sido diferentes entre sí: una novela negra y una especie de thriller romántico-fantástico. Cada una de ellas, con las grandes diferencias entre géneros, es única a su modo. Con este autor, lo importante no es lo que cuenta (que también), sino cómo lo cuenta. Y lo dejo, voy a dejarme de preámbulos y vamos a pasar a desgranar un poco este Dögunljósey.

Como os decía más arriba, esta novela está compuesta por varias premisas complicadas.


  • Comenzamos con el mismo título, que es de difícil escritura y pronunciación. Lo habré escrito unas diez veces para hablar de la novela a mis amistades literarias, y en cada una de ellas me he visto obligado a copiar y pegar.
  • Su género: es una novela difícil de clasificar. ¿Es un thriller? Sí, puesto que tiene tintes de investigación, hay crímenes, y tiene el resto de ingredientes de uno. Pero también entra en lo romántico, puesto que toda la trama se asienta sobre una relación de amor verdadero. ¿Fantasía? Sin duda, puesto que se sirve de leyendas de la mitología nórdica que son parte protagonista en el libro.
  • Pdv (puntos de vista). Tenemos dos, algo que no es diferencial respecto a otras novelas, pero sí lo es que uno de esos puntos de vista esté narrado en una segunda persona. A día de hoy, y en unos porcentajes absolutamente inventados, el 80% de las novelas están narradas en tercera persona, y el 19% en primera. Pues una parte de Dögunljósey entra en el 1% restante. Esta es la primera vez que leo algo en segunda persona, y aunque fue chocante en un inicio, terminó por ser incluso cómodo, sin hablar de que el hecho de utilizar este recurso es determinante a la hora de diferenciar ambos enfoques de la novela. En mi opinión, todo un acierto.

Si nos metemos en materia, tenemos que irnos hasta el Ártico si queremos ubicarnos en esta historia. Nuestro protagonista absoluto, Lázaro Umbriel, es un anciano invidente que peregrina a sus recónditos parajes con una misión que cumplir. En capítulos alternos, viajaremos a través de su yo del pasado hasta conocer el porqué de su situación actual. La lectura es muy fluida, el toma y daca entre uno y otro Lázaro nos va dispensando información con cuentagotas, la justa y en el momento preciso. No hay un dato que no encaje en el engranaje de Dögunljósey, no hay una palabra que se encuentre ahí por casualidad.

Cada capítulo está titulado por una palabra sin traducción al castellano, que además se encuentra en completa sincronía con lo que nos encontraremos en él.

El abanico de personajes no es especialmente amplio por el lugar en el que se desarrolla la novela, pero conoceremos a cada uno de los principales como si de familiares o amigos propios se tratase. Jelena, Lázaro, Aurora y por supuesto, Sif, se convertirán, durante el tramo de tu vida en el que leas Dögunljósey, en parte de tu propio círculo. Que no te extrañe si un día, en un descuido, les pones un cubierto sobre la mesa.

En cada reseña me reafirmo y me repito en lo mismo: no soy yo alguien que guste de desmenuzar demasiado una lectura. No quiero ser el que te explique medio libro en su reseña. Mi misión es simplemente, intentar decirte si, desde mi punto de vista, merece o no la pena un libro, y te puedo garantizar que este es el caso.

En un par de meses tengo un viaje a Islandia. De hecho, hoy es 17 de marzo, y el 17 de mayo sería el día de mi regreso, pero la situación actual hace que la viabilidad de semejante experiencia penda de un hilo. No sé si finalmente será posible, pero si la Tierra del Hielo ha sido un destino platónico desde que inicié esta costumbre de visitar parajes lejanos, ahora que Dögunljósey ha pasado por mis manos, este sentimiento se ha acentuado todavía más.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Reseña: Vorágine

Hoy voy a (casi) culminar mi etapa de lecturas de autopublicados en Kindle Unlimited, y lo voy a hacer con uno de esos títulos que te llama la atención desde el primer momento en el que tus ojos se posan sobre él. Es un episodio parecido al vivido con SirenSong y, al igual que con este libro, el que hoy nos ocupa ha estado a la altura de su reclamo.

Hablamos de Vorágine.

Nuestra autora de hoy, Nía Blanco, inicia con este tomo una trilogía cuyo punto de partida es redondo. Para poneros en situación, en los últimos meses estoy leyendo novelas de entre 150-300 páginas, y Vorágine roza las 600. Este cambio podía haber supuesto una pequeña traba después de estar acostumbrado a lecturas más ligeras, pero nada más lejos de la realidad. Esta novela es muy fluida a la hora de avanzar con ella, de esas con las que no te das cuenta del transcurso de las páginas (y lo digo yo, que soy un obseso con el porcentaje que marca mi Kindle y los minutos que faltan para terminar capítulo o libro).

Para que todos sepamos dónde ubicarnos, aquí os dejo la sinopsis de Vorágine:



¿Estarías dispuesto a abandonar tu propia humanidad por salvar al resto del mundo?

Un mundo reducido a un solo continente.
La existencia de mutaciones genéticas derivadas de la Tercera Guerra Nuclear.
Una única sociedad dividida en dos especies que se quieren aniquilar.


Diez años atrás, una trágica noche obligó a Roger a huir del distrito con su hija, apartándola de su verdadero destino y haciéndole olvidar sus peores recuerdos.
Ahora, Rika Miller vive tranquilamente como una humana sin saber que la mentira tras la que su padre la había protegido está a punto de desmoronarse. En una sociedad donde asesinar a las personas como ella está permitido, deberá buscar su verdadera identidad, enfrentarse a su pasado y, lo más importante, reencontrarse con su destino sin saber que la verdadera guerra entre especies no ha hecho más que empezar. ​



Estamos en una sociedad en la que el entretenimiento con historias postapocalípticas está ya bastante colapsado. Juegos como Fallout, series como The Walking Dead y multitud de novelas/películas como The Road o El libro de Eli hacen que sea complicado, pero necesario, innovar para estar a la altura. Para que no sea «otro libro apocalíptico» más.

Pues lo ha conseguido.

Cuando me quise dar cuenta, casi llevaba media novela. La escritura, como he dicho antes, es bastante fluida, pero no por ello es superficial. Tenemos multitud de descripciones con un vocabulario muy variado y preciso. Cada palabra en su lugar correspondiente. Cada punto en su sitio.

En cuanto a la trama y los personajes, como siempre, solamente voy a dar un par de pinceladas, pero hay que mencionar el gran personaje que es Erika Miller, nuestra protagonista. Es una chica que, sin sospecharlo, va a ver cómo su vida vuelca de la noche a la mañana. Sus amigos dejan de serlo y aparecen otros nuevos. Tendrá que juzgar, tendrá que confiar y desconfiar en un entorno en el que cada rosa tiene multitud de espinas.

Lo único que no me ha gustado de esta historia es tener que esperar para poder leer su continuación.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Selección de microrrelatos concurso Twitter

Esta va a ser una entrada atípica, pero especial para mí. Como quien no quiere la cosa, hace un par de semanas publiqué en Twitter una imagen de Pixabay (autor: ntnvnc) animando a mis seguidores a colaborar con un microrrelato cuya extensión máxima fuese un tweet (280 caracteres). La participación ha superado holgadamente mis expectativas con 55 microrrelatos, y antes de ponernos en faena, os doy las gracias a todos.

Recuerdo que puse como premio mis tres publicaciones hasta la fecha (La deshonra de MazzolaDe postre, venganza y la Antología solidaria de relatos) para quien resulte ganador de este concurso.

A continuación, os voy a adjuntar la imagen en la que había que inspirarse para escribir el microrrelato y los diez relatos que optan al premio. El orden de estos relatos no tiene relación con ningún tipo de clasificación.
El ganador será anunciado el viernes 22/02/2020 en mi cuenta de Twitter (@escritorllorden).




@CarreresJonatan

La primera vez que monté en bici junto a mi padre. Mirar la inmensidad del mar y sentir su brisa recorriendo mi piel, escalar una montaña, primeros besos, abrazos... Recuerdos perdidos en el camino. Maldita droga, me vas a impedir ver la luz del sol un día más.


@MigueldeIbiza

Todo ocurrió en un suspiro. Para cuando quise darme cuenta de lo que sucedía ya era tarde. Caía y mi cuerpo desnudo, empapado por la lluvia percibió la cercanía de la muerte. El escalofrío del silencio y la oscuridad de la noche me rodearon. Todo había terminado. Yo ya no existía.


@Ruben_H_Ernand
Murió de forma similar a la última vez: vejada, incomprendida, arrojada hacia el asfalto por hombres aún demasiado ignorantes y temerosos. Murió libre y sin miedo alguno. Su cuerpo caía, pero su ser ascendió en ese mismo instante, como una paloma aleteando hacia el infinito.


@Esterleon_art

Se alzó de las profundidades del asfalto. Primero de fuego, después de piedra, los hombres la habían golpeado hasta volverla de metal. Clarividente y ciega, el alma de la metrópolis se elevó hacia el cielo: una promesa de sangre y muerte a los viejos dioses.


@tona81gi
Tras poseerla por tercera vez en aquella azotea que años atrás había sido su rincón sagrado, él la miró sonriendo y le dijo:
—Jamás volverás a ser libre.
Ella, con lágrimas negras en los ojos y el labio amoratado, sonrío aún más y, saltando al vacío, respondió:
—¿Seguro? Mírame.


@roberheavy
Y mientras caía, recordó que lo bueno de la vida es aquello que duele al perderlo, lo que solo las lágrimas expresan al brotar, lo intangible que ya nadie jamás te devolverá: Un beso, un abrazo, un te quiero perdido, un instante, un segundo, un orgasmo, un perdón a tiempo. Crash.


@ConstructorCrit
No había nada que la retuviera ya en este mundo. Ni esperanzas, ni posesiones. Ni ropa siquiera. A donde iba, no la necesitaría.
Desde la azotea, dio la espalda al mundo y extendió los brazos.
Y flotó, azotada por el viento, dejando atrás su humanidad de una vez por todas.


@IradeSatan
Yazgo desnuda en la terraza de cristal de nuestro lujoso edificio. No oigo peleas de bandas, ni gritos de prostitutas. Aquí arriba somos ajenos a su sufrimiento.
Ellos no oyen la sangre de mis pulmones y a mi marido limpiar su arma. Allí abajo son ajenos a nuestro sufrimiento.


@vickyf80
Y, una vez más, sin necesidad de otorgarle alas, la hizo bajar a los infiernos y resurgir cual ave fénix.
Porque en sus brazos ella no tenía más voluntad que la de su deseo. En sus brazos todas las leyes físicas quedaban interrumpidas.
#microrrelato

@jonprii
En la caída no sentí nada. El destino había barajado las cartas con alevosía, no es de esos que hacen nada por las buenas. Resguardado por la lluvia escribí mi capítulo final con sangre, la misma que derramé en un desierto cruce de carreteras de la ciudad una fría noche de enero.


Estos eran los diez seleccionados, de ahí saldrá el ganador, pero me permito el lujo de hacer dos menciones de honor:

@JosseeGarrido
Los ojos vendados para el ritual, y un cuerpo desnudo tras el acto carnal. Y vuela y se moja, cayendo al vacío, ocultando, al hacerlo, las luces de esta vieja ciudad. Un ángel sin alas, al que Dios no quiso cuidar. La bella ha perdido, para a la bestia poder saciar.


@ArmoniaHache

“La lluvia acaricia mi piel desnuda. Mi cuerpo se mueve al son de esa canción que solo suena en mi mente. Me detengo de golpe. Abro los ojos y observo la ciudad. Una ciudad sumida en su propia inopia. «Nadie lo sabrá jamás». Respiro. Sonrío. «Sumérgete en el sueño y a volar».”


Gane quien gane, quede como quede, esta ha sido una grandísima experiencia. Gracias a cada uno de los participantes.

lunes, 17 de febrero de 2020

Reseña: El guardián de las flores

Ya me queda poco para terminar la suscripción a Kindle Unlimited, pero no se puede decir que no le esté dando un buen uso. Lamentablemente, no creo que me vaya a dar tiempo más que para otro libro, además del que hoy os vengo a reseñar. Hay una novela que está pegando muy fuerte en el mercado de Amazon, y se llama El guardián de las flores, escrita por Rober H. L. Cagiao. Finalista del Premio Círculo Rojo, tiene un ritmo de ventas y visualización muy por encima de la media. Por esto y por su atractiva portada, me aventuré a leerla.

Para comenzar, debo decir que la novela me ha gustado mucho, eso ante todo. Más luces que sombras en un manuscrito rápido y ágil y con una trama que te absorbe en todo momento. Por aquí os dejo su sinopsis:



48 horas para la gran fiesta del Apóstol. Colegiata de Iria Flavia. Un hombre aparece muerto y su hija ha desaparecido. Y sólo es el principio.
La Comisaria Paola Gómez se vera envuelta en una venganza mas allá de lo personal entre libros, flores y leyendas gallegas teñidas de sangre.


La historia transcurre en Galicia, entre iglesias y miembros de la misma, y en la frondosa y recóndita vegetación del noroeste de España. La novela tiene un inicio impactante y que no defrauda, y sus personajes, la gran mayoría de ellos, consiguen conectar con el lector. El buen ambiente del equipo policial que ha creado el autor congenia contigo, y te roba alguna que otra sonrisa.

El antagonista, conocido como El guardián de las flores, pasa de ser un desconocido a un personaje que empatiza contigo. Rober nos construye una especie de V de Vendetta en el que, en ocasiones, consigues ponerte del lado opuesto a la ley, y eso es algo que siempre me ha gustado, el hecho de colocar al lector en la incertidumbre de quién tiene la razón, quién es, por ética, la víctima real de la trama.

Vamos con los puntos negativos. EL punto negativo. Me duele especialmente porque la historia es genial, pero en muchos momentos de su lectura me ha dado la sensación de que el manuscrito necesita una corrección ortotipográfica. Me han faltado comas, alguna que otra tilde y otros detalles más. La variedad de erratas no es muy amplia, pero la repetición de las mismas sí. En muchas otras novelas estos detalles no me han complicado la lectura de la misma, pero en esta ocasión, sí se me ha entorpecido un poco.

En cualquier caso, lo más difícil de una novela, que es tener una buena historia que contar y saber cómo hacerlo, lo tiene El guardián de las flores. Una vez limados los detalles que he mencionado, si los dejásemos al margen, es una novela maravillosa y totalmente recomendable. La cantidad de giros de guion, profundidad de la trama y la cultura en forma de leyendas hacen que sea una novela a la que dar una oportunidad.

sábado, 1 de febrero de 2020

Reseña: El lector de la muerte y otros relatos cortos

Vamos a reseña por semana, como no podía ser menos. No tardaré en bajar el ritmo, no os preocupéis. Está ayudando mucho el hecho de que lo que coloco entre mis manos no están siendo libros especialmente extensos.

Bien, hoy traemos al blog un pequeño tomo de relatos cortos, firmados por Laura Mars, gracias a quien estoy disfrutando de todas estas lecturas, por darme a conocer la promoción que hubo de Kindle Unlimited. Después de pasar por G. G. Velasco, Miguel Olmedo o Marta Cañigueral, era el turno de este compendio de relatos cortos, el primero de los cuales (El lector de la muerte) da título al resto.

Quiero decir que esta pequeña recopilación me ha recordado en cierta medida a mi Antología Solidaria de relatos, en cuanto a la variedad de temáticas y clara diferenciación entre uno y otro texto. Mientras que los míos viajan desde la historia hasta la novela negra o la fantasía, los de Laura tocan también el género negro, pero muchos otros se mueven hacia lo futurista o distópico.

Este libro, que ronda las cien páginas, cuenta con un total de doce relatos. Los hay de una sola página, y los hay de más de quince. La escritura de Laura es concisa aunque, en algunos puntos, preciosista, y trata de jugar un poco con poner al lector en la situación de los protagonistas.

Mis relatos favoritos, con gran diferencia y en este orden, serían:

1. El último testigo, donde el protagonista trata de dar a la policía información sobre el asesinato que presenció. Los otros tres testigos ya han muerto.
2. Maite Paz, una profesora de instituto que muere en circunstancias inciertas. Los alumnos lloran su muerte.
3. El lector de la muerte, el relato que da título a este libro, y habla de una máquina que anticipa el tiempo de vida que le queda a una persona, y cómo esta invención sume a su creador en una ansiosa cuenta atrás.

Poquito más os puedo decir, solo añadiré que las dos obras que tiene en proyecto Laura, avanzadas en el final de este libro, tienen una pinta magnífica, y estoy deseando que trabaje en ellas para poder leerlas.