sábado, 20 de julio de 2019

La luna como único testigo #historiasdeviajes

El mejor viaje de nuestras vidas. Afrontamos el ecuador de nuestra semana en Irlanda, con coche de alquiler y totalmente a la aventura. El navegador del teléfono móvil está siendo nuestro mejor aliado en un país tan sobrecogedoramente bello como desconocido para nosotros. Hemos visitado, en los días anteriores, ciudades muy transitadas como Dublín o Belfast, pero también hemos disfrutado de vistas inigualables y vivencias irrepetibles en parajes como el puente de Carrick-a-rede, la Calzada del Gigante o el lugar en el que nos encontramos ahora, Glengesh Pass. No creo que las palabras que alcance a pronunciar en esta grabadora, de ninguna manera, lleguen a ser dignas de comparación con los paisajes que nuestras retinas están intentando retener. La adrenalina al cruzar el puente flotante de Carrick-a-rede, las caprichosas formas que las rocas de la Calzada del Gigante forman, materializándose como si fueran peldaños, y la vista panorámica que te deja sin aliento desde su punto más alto, después de más de una hora de sendero, pero haciéndote sentir en la cima del mundo.

Y ahora… Glengesh Pass. Desde su cumbre, y en este momento exacto, se aprecia el maravilloso zigzag que serpentea en forma de carretera, jugando con la luz de un sol que ya comienza a marcharse. Nos mantenemos embrujados, con las manos acariciándose y los dedos entrelazados, sentados sobre un pequeño muro de piedra y nuestras piernas colgando alegremente. La llamada de la realidad nos apremia, nos recuerda que tenemos que hacer unos trescientos kilómetros hasta llegar a nuestra siguiente parada. Nos desperezamos, nos besamos y subimos al coche. Navegador encendido, rumbo a Renvyle.

—¿Cuatro horas y treinta y cinco minutos? ¡Pero si son trescientos kilómetros!
—Quizás la carretera no sea muy buena.
—Vamos a darnos prisa, no tardará en oscurecer.

Pese al pequeño contratiempo, nuestro ánimo se mantiene por las nubes. Los kilómetros se van sucediendo con una conversación ligera y ninguna complicación añadida. Hemos completado dos tercios del recorrido y todavía nos acompaña la claridad del ocho de mayo. Empiezo a pensar que el navegador ha cometido un error, aunque sus indicaciones siguen marcando tres horas y media, para solo cien kilómetros. Son las siete de la tarde, tenemos margen.
Ha llegado un e-mail de la propietaria del estudio que tenemos reservado. Nos pregunta si estamos bien, y sobre qué hora creemos que vamos a llegar. Agradecemos la amabilidad y le decimos que estamos de camino.
Es casi de noche, y la carretera nacional ha dado paso a unas secundarias, con tramos asfaltados, y otros que no. La anchura de la vía se ha reducido. Nuestras sonrisas imborrables se tuercen, y el silencio nos acompaña como si de un viajero más se tratase. Cada vez hay menos rectas, cada vez hay que conducir más despacio tanto por la dificultad del camino como por las espinosas condiciones de visión.

—¡Joder! —Grito cuando un ciervo se antepone ante nosotros— ¡Por poco no lo mato!

Reanudamos nuestro camino. Setenta kilómetros, pero más de dos horas según el único faro que todavía nos guía. Un pitido reconocible nos sobresalta y asusta al mismo tiempo. Batería baja. No. Ahora no. Miro en mi móvil. Quince por ciento. Decidimos apagarlo hasta que el de mi mujer deje de funcionar, pero ambos coincidimos en que, igualmente, no nos queda suficiente batería para llegar a Renvyle.
Otro e-mail de nuestra futura anfitriona. Sí, señora, quiero decirle, estamos intentando llegar. Pasan las nueve de la noche, es comprensible que la mujer esté inquieta.
La oscuridad se ha adueñado por completo de cuanto nos rodea, así como de nuestro estado de ánimo. Hace más de veinte minutos que no coincidimos con ningún otro vehículo. Las carreteras son cada vez menos compasivas, y escuchamos cómo las ramas de los arbustos que nos escoltan rozan en ambos costados del coche de alquiler. Si se tratase del nuestro, cada arañazo lo sentiría como si rasgase mi propia piel.
Aunque la lobreguez nos ha impedido darnos cuenta, estamos bordeando un inmenso lago. El reflejo de una luna menguante sobre el faldón cristalino del agua ha sido el que ha tenido la bondad de darnos este detalle.
El móvil de mi mujer decide que ha trabajado demasiado por este día, de manera que encendemos el mío, pero no recoge igual la señal del navegador, y hay momentos en los que, más que guiarnos, nos entorpece. Sacamos el pequeño mapa que habíamos impreso como medida de urgencia —bendita ocurrencia— y, deteniendo el coche en varias ocasiones, conseguimos hacernos una idea de hacia dónde tenemos que dirigirnos.
No sé en qué momento hemos atinado, pero lo cierto es que estamos a unos cuatrocientos metros de nuestro destino, según el GPS de mi teléfono, que pierde y recupera la señal según le apetece. Sin embargo, y como si nada en ese infernal trayecto pudiera salir bien, el estudio no tiene letrero que indique su ubicación exacta. Parecemos un chiste andante, coche hacia delante, coche hacia atrás, buscando entre las casas que tenemos a nuestra derecha.
Bien pensado, parecemos unos asaltantes.
Y es entonces cuando vemos a una mujer amable que hace lo que puede por hacerse ver. Gesticula con los brazos, y avanza con paso titubeante.

—¡Hola! ¡Disculpe el retraso, nos hemos perdido! —Le explico con mi inglés irregular.
—No pasa nada, ahora que veo que están bien, no hay ningún problema.

Entramos en el estudio que debe proveernos un merecido descanso, pero cuando dejo la mochila sobre la cama, escucho un sonido extraño, como el de un motor pequeño.
Un sonido que se acerca.
Cuando me asomo por el marco de la puerta, y con una luna que se esconde tras las nubes como único testigo, veo a mi mujer tendida sobre el jardín, con un charco de sangre que se crece sin timidez. La amable anfitriona corre hacia mí, con un brillo eufórico en sus ojos y una motosierra en la mano.

lunes, 24 de junio de 2019

Relato: Cumpleaños (in)feliz


Siento deciros que este relato no es inédito. No, os lo estoy entregando de segunda mano, porque se publicó en exclusiva para celebrar el aniversario de El libro en el bolsillo, así que he dejado unos días de cortesía, y ahora os lo comparto por aquí. Espero que os guste y que me dejéis una opinión ahí abajo.

Cumpleaños (in)feliz



Lunes, 6 de agosto de 1945

La tarta contaba con unos detalles de lo más cuidados. Se había fabricado de forma totalmente casera, y Kenji recordaba con nitidez cómo la pastelera lucía un delantal salpicado de infinidad de trazas de chocolate, nata y demás elementos de repostería. Sonrió al entregarle un ejemplar impoluto, sin una línea más allá que la otra, y con un aspecto delicioso. Salió a la calle y un Sol de inclemencia máxima le abordó, prometiéndole un día perfecto para festejar el cumpleaños de Yung. El clima había sido bondadoso por primera vez en las últimas jornadas, y agradeció este gesto del destino en una fecha tan señalada. Estaba prohibida toda alimentación que se saliese de lo racionado, pero fue capaz de lograr una excepción para su amigo. Estaba orgulloso de haber sido bendecido con semejante oportunidad.
Un par de horas más tarde, el rostro de Yung reposaba sobre la tarta, totalmente impregnado de esquirlas de bizcocho y chocolate. El pastel se había echado ineludiblemente a perder, como también la vida del hombre que había nacido en ese mismo día, veintisiete años atrás. Por el suelo permanecía, desparramado, el resto de la tarta, así como todo el mobiliario del local y los regalos inservibles. El resto de compañeros también había dicho adiós a la vida con la estruendosa detonación. Parecía que el mundo se hubiese terminado, que el universo entero se hubiese volcado.
Kenji tardó un periodo indeterminado en poder reaccionar. Tenía parte de un mueble destrozado que oprimía su pecho, aplastando su cuerpo y obligándole a mantener una posición antinatural. El cuchillo que estaba predestinado a dividir la tarta en pequeñas porciones le había atravesado la pierna izquierda. Un hilillo de sangre resbalaba por el pantalón militar, descendía por el tejido marrón para acabar goteando sobre el suelo. Kenji no podía dejar de emitir un sollozo lastimero a causa del dolor desgarrador que sentía, pero aun así, estaba tratando de alzarse. Necesitaba comprobar si alguien más había sobrevivido.
Con un esfuerzo sobrehumano, y agarrándose de lo que encontró a su paso, dio varios pasos quejumbrosos hasta que alcanzó el ventanal que había explosionado. Una gran hilera de cristales amenazantes era todo lo que quedaba de él. A lo lejos, observó una gigantesca humareda que le decía con hechos, y no con palabras, que todavía podía sentirse afortunado de no residir en el centro de la ciudad. Ese día que había amanecido inmejorable para un festejo excepcional, se había convertido, antes de las nueve de la mañana, en una pesadilla de la que jamás podría recomponerse.
Miró a su alrededor: además del de Yung, los cuerpos de Niki y Manzo eran otras pruebas evidentes del horror que allí se había vivido.

—Y ¿por qué yo sigo vivo?

Contempló el gran cuchillo que permanecía impasible en su pierna. Por un momento, prestando atención al inmenso dolor de su corazón, había olvidado ese otro más evidente, el físico. Agarró la empuñadura de madera y tiró de ella con un gesto rápido, brusco. Apenas pudo contener un grito suplicante. Con lo que sus ojos habían visto en los últimos minutos había tenido suficiente. Sintió que sus fuerzas flaqueaban, estaba próximo a desmayarse. Alzó el brazo derecho y acercó el filo despiadado, frío e implacable a su cuello. Tenía que hacerlo. Ya no había nada por lo que luchar.
Perdió el conocimiento en un momento indeterminado, ignorante de si las fuerzas se habían escapado por un desmayo, o porque finalmente había logrado su propósito. A las 9:13 de la mañana, el telón de Hiroshima se cerró para él.

Martes, 6 de agosto de 1963

Kenji avanzó raudo, imprimiendo un punto más de rapidez a la silla a la que llamaba piernas. Adoraba sentir el golpe del viento en su rostro, ser el primero en alcanzar la meta, la simple sensación de sentirse vivo. Agradecía, cada día y con cada vuelta que daban las ruedas, el haber caído desmayado en esa negra jornada vivida dieciocho años atrás. Lo que presenció en aquel angustioso episodio era historia viva de la humanidad, y le dolía tanto recordarlo que quiso, desde el momento en que se vio postrado en aquel camastro de hospital,  aprovechar la segunda oportunidad que la vida le tenía preparada.
Quería hacerle ver al mundo que él no iba a ser otro veterano de guerra al que compadecer.
Quería demostrar que, aun en la peor de las situaciones, siempre había una escapatoria, un camino por el que reconducir una vida hecha pedazos.
Kenji atravesó la línea de meta y sintió cómo la suave cinta se rompía bajo su pecho.
Había ganado la carrera.
Pero el día que realmente había ganado fue el día que creyó que su vida debía acabar.

martes, 18 de junio de 2019

Reseña: Drácula

¡Hola a todos! Llevo más de un mes sin publicar, y es una buena señal porque significa que estoy escribiendo por otro lado 😊, pero hay que ponerle fin a esta sequía. Vamos con una reseña que me hace ilusión ofreceros.

Siempre he dicho que, como norma general, la mayoría de los libros no necesitan una crítica demasiado extensa, que te destripe media trama y te deje con la sensación de que, directamente, ya has leído la novela. Personalmente, me gustan las reseñas rápidas, ligeras y que te dan las pinceladas suficientes para que logres tu objetivo: saber si ese libro está hecho para ti. Pero hay casos especiales que sí necesitan una mención más elaborada. Eso no significa que este vaya a ser el caso, pero sí es verdad que hay unas cuantas cosas que me gustaría destacar.

El ejemplo más claro para una reseña más profunda es el de un autor poco conocido, al que se le hace un gran favor, no destripando, pero sí adentrándose en la trama de su trabajo, para que los lectores que no le conocen sepan por dónde camina esa lectura. Pero hay otro caso en el que creo que también es importante desmenuzar un poco lo que hay entre las páginas. El de un clásico de la literatura.

No soy un lector asiduo de clásicos, la verdad. Es una de mis cuentas pendientes. Lo he intentado con un par, y se me han atragantado. Pero gracias a La pecera de Raquel y a sus lecturas conjuntas, he conseguido la motivación necesaria para ponerme con un título que ya tenía entre mis eternos pendientes: Drácula.

A la hora de valorar una novela de este calibre siempre hay que tener muy en cuenta el contexto de su publicación. Corría el año 1897, por lo que hace ciento veintidós años desde entonces. Ha cambiado la escritura, la cultura, la sociedad, ha cambiado absolutamente todo.

Lo primero que me llamó la atención de esta novela es el dinamismo de su lectura. Bram Stoker, salvo en casos aislados, no te encierra en parrafadas enrevesadas y alargadas hasta el extremo. Este fue el motivo por el que se me atragantaron las lecturas de los clásicos que mencionaba más arriba. El principio de Drácula nos cuenta, a modo de diario, la historia de Jonathan Harker, un joven abogado ingles que está en tratos con el conde. De esta manera, se nos pone en la piel de una persona que ignora hacia dónde se dirige, quién va a hospedarle, y qué misterios se encontrará en ese lugar.

No hace falta decir que, después de las primeras fechas, Jonathan empieza a descubrir por su propia cuenta en qué tipo de peligros se ha metido, y se da cuenta de que más que de un hospedaje, se trata de un secuestro. En el otro lado de la trama se encuentra Mina, la novia de Jonathan, que comienza su historia inquieta por la ausencia de noticias sobre él, y con una serie de cartas hacia su amiga Lucy. Este tramo de la novela es, quizá, el que se me hizo más pesado, puesto que también se introducen otras subtramas, como la del doctor Seward, que a su vez introduce al doctor van Helsing... En fin, unos capítulos un poco más difusos en cuanto a su dirección, pero que son necesarios para dar contexto a lo que se avecina.

Todo lo que se escribe en esta novela es epistolar, ya sea mediante diarios, cartas, registros en fonógrafos o telegramas. Es uno de los detalles que hace que la novela sea fácil de leer, y no se enquiste en ningún momento. Por mencionar un punto concreto, hay algunos registros desde el punto de vista de John Seward en los que el profesor van Helsing ocupa tres páginas en explicaciones demasiado elaboradas, y en las que se le da demasiadas vueltas a un mismo aspecto.

Otro punto que me ha chirriado en algún momento es el diálogo y el encasillamiento de los personajes. En muchos casos me han parecido planos, obvios respecto a su personalidad. El malo es malísimo, perverso y diabólico. Los protagonistas masculinos son valientes y apuestos, mientras que las femeninas son delicadas y se las debe proteger en todo momento. Este aspecto me parece el más criticable de todos, pero también es en el que más se ha evolucionado en los últimos ciento veintidós años.

Por lo demás, hay momentos de una escritura preciosista, que nos adentra en los paisajes de los Cárpatos. Hay momentos tenebrosos, de misterio e incertidumbre, momentos de descripciones crudas. Conoceremos al vampiro más famoso de la historia, y poniendo en contexto todo lo mencionado anteriormente, me parece una gran novela.

Dentro de la lectura conjunta que se ha relizado, hay casos de lectores cuyas expectativas se han visto superadas, y otros de todo lo contrario. Desde mi punto de vista, ha sido una novela diferente a lo que esperaba, pero no mejor o peor. Si tienes dudas a la hora de afrontar esta lectura, mi consejo es que lo hagas.



domingo, 12 de mayo de 2019

Lucio, el galeote - #ZendaAventuras


Lucio despegó sus manos durante un instante, y las observó. Los callos por un trabajo inhumano habían ido ajándose con cada golpe de remo, un movimiento repetitivo y tedioso en las primeras horas, cruel y desgarrador en las siguientes. Tenía las palmas en carne viva, inexorablemente predestinadas a sangrar. Había visto lo que ocurría cuando ese momento llegaba: dos sucios trapos a modo de vendaje, y vuelta a empezar. No había disculpa alguna, no había más absolución que la muerte otorgada por un océano despiadado, que aguardaba al final de un camino repleto de jadeos y sufrimiento.
Recordó el momento en que fue apresado. Hacía dos semanas ya. El fulgor en los ojos de un joven de veintitrés años se apagó cuando su cuello fue rodeado por una cuerda áspera, implacable, inclemente. No había vuelto a sonreír desde entonces. Acarició con sus manos lastimadas el cuello lastimado, en un abrazo de autocompasión y remordimiento. Atrás quedaron las tardes en las que sus padres le pidieron que llevase cuidado. Pero él quería vivir aventuras.
Con sus heridas palpitando, y saciado ya de esas aventuras, Lucio guió la mirada hacia su vestimenta. La camisa impoluta con la que había salido de casa estaba ahora corrompida por una mezcla de barro, sangre y bilis, y sus tenues sollozos no eran los únicos que se escuchaban en la bodega de la embarcación.

—¡Eh, tú! ¿Para qué sirven tus manos de clase noble?

A Lucio le dolieron las palabras, el desdén con el que fueron pronunciadas. Pero le dolió todavía más el latigazo que las siguió. Profirió un grito desgarrador como réplica, pero sus manos obedecieron instantáneamente y se aferraron a la madera del remo. Sendas lágrimas cayeron por su piel brillante, visitando las comisuras de unos labios agrietados que las saborearon como amargo combustible.
Con el transcurso de los minutos, los latigazos se sucedían, y Lucio se estremecía con cada uno de ellos. Hasta que no pasaban unos segundos, no estaba completamente seguro de que el destinatario fuera otro, y un profundo suspiro lo acompañaba.
No sueltes las manos, y todo irá bien, se decía.
Un chico, dos cuerpos a su izquierda, las levantó. Estiró y encogió las manos, y un par de gotas carmesíes cayeron desde sus dedos. Se fijó en que no era la única persona que lo observaba. Los últimos días habían sido especialmente duros, con varios galeotes cayendo desmayados y los latigazos sucediéndose en intervalos más escuetos. O bien, el navío llegaba tarde, o bien, el capataz tenía el humor peor de lo acostumbrado.
Ay, el capataz. Era una mole sucia y maloliente, con un hablar tan áspero como la cuerda que enlazó en su cuello dos semanas atrás. Todo en él iba en conjunción: escupía cada dos bocanadas de aire, insultaba a todo aquél que moviera cualquier músculo que no sirviera para remar, y descargaba un golpe de látigo antes de decir cualquier palabra. Lucio vio cómo ese capataz desviaba su mirada hacia las manos ensangrentadas del joven carente de energía. Torció el gesto, transformándolo desde la arrogancia hacia la cólera, y se desplazó hasta él con dos grandes zancadas.

—¿Se puede saber qué…? —la pregunta iba acompasada con su brazo, que se alzaba con la fusta en el otro extremo, presta a ser descargada sobre alguien.

Sin embargo Lucio, ese chico sin fuerzas en la recámara y con el ánimo desplomado, había reunido el vigor necesario para levantarse e interponerse entre el látigo y su destinatario. ¿Por qué había hecho algo así? Ni siquiera él lo sabía. En cualquier caso, fue el detonante de una situación que se desvió de cualquier plan trazado con anterioridad.
Reinó el caos.
Provistos de una dosis infinita de valor, el resto de remeros hicieron propio el ejemplo de Lucio y se alzaron contra el capataz. Una lluvia de brazos y piernas cayeron sobre la mole que tan firme se alzaba unos segundos atrás, hasta derrumbarla y hacerla invisible a los ojos que no estuviesen presentes en la amalgama de cuerpos que batallaban. La anarquía debió ser escuchada en el exterior de la bodega, y su puerta se abrió con un golpe seco.
Llegaban refuerzos.
Nadie sabe a ciencia cierta quienes salieron victoriosos de aquella batalla anónima, pero tanto los opresores como los sublevados marcaron con sangre ese día, ya fuera con dicha o con desgracia, en el calendario de sus vidas.

El mapa matemático - #ZendaAventuras


La primera gota de una lluvia inesperada cayó desde el cielo que, paradójicamente, estaba despejado. Una lejana nube debía de ser la culpable de ese envío. Luis ignoró la climatología y volvió su vista de nuevo hacia el mapa. Ese mapa arrugado y envejecido que encontró en el desván al que nunca debió subir. Ya no era un niño, desde luego, pero recordaba la insistencia de sus padres: “nunca hurgues en los trastos de la buhardilla”. La frase que le acompañó toda una infancia.
Pero todo había cambiado.
Sus padres habían muerto, y algo le indicaba que la respuesta podría encontrarla allí, en los trastos de la buhardilla.
Luis tenía ya diecisiete años, en apenas unos meses llegaría a la mayoría de edad, pero hasta entonces, tendría que convivir con su tía Yolanda, que llevaba años sin hablar con ellos. A efectos legales no importaba, y por lo tanto, tenía a una absoluta desconocida campando por su hogar, haciendo, deshaciendo y lanzando miradas codiciosas por cada rincón de la casa. Su tía no era una buena persona. Se lo habían dicho sus padres, y él mismo lo había comprobado en la última semana. Había encontrado una oportunidad de oro para manejar a alguien a su antojo, y no parecía querer desaprovecharla.
Sin embargo, él también decidió transformar su comportamiento, y no iba a dejarse avasallar por la intrusa que había en su casa. No estaba por la labor de escuchar sus impertinencias, y no iba a convertirse en el criado de nadie, como ella pretendía.
Un par de noches atrás, cuando todo era silencio, Luis se escabulló, desplegó la escalera que subía hacia el desván y, sintiendo una punzada en el corazón, comenzó a rebuscar.
Primero lo hizo de manera ordenada, separando los papeles y cachivaches por cajas, pero comenzó a ofuscarse por no hallar nada que le acelerase el corazón, y en unos minutos, todo cuanto había a su alrededor era un revoltijo. El calor de una noche veraniega, junto al nerviosismo de la propia situación, provocaron que varias gotas de sudor descendiesen por el rostro de Luis.
Cuando ya estaba recogiendo, a su manera, la ristra de cuadernos y demás objetos, uno de ellos llamó su atención. Una libreta gruesa, vieja y deteriorada tenía el gusanillo lateral rodeado, en zigzag, por un lazo rojo. Estaba deshilachado en sus extremos, pero a pesar del tiempo transcurrido, llamaba la atención. Abrió el cuaderno y comenzó a pasar las páginas, que carecían de sentido para él. Tan solo eran unas enrevesadas operaciones matemáticas, ejercicios de la infancia de su padre o madre, supuso. Agachó la cabeza, apesadumbrado de nuevo, y sintió cómo una nueva gota de sudor, una lágrima quizás, pues ambas se habían mezclado, caía desde su nariz hasta impactar con un papel que estaba doblado en cuatro. ¿De dónde había salido ese papel? Tenía que haberse caído al abrir el cuaderno, porque anteriormente había recogido todo lo demás.
Con inquietud, abrió el papel, antiguo como todo lo demás, amarillento y con los bordes arrugados. Resultó ser un mapa.

¿Un mapa? ¿Y qué hago yo con esto?

Aunque la respuesta era obvia, Luis tardó un par de minutos en asimilarla.
El mapa era de lo más básico. Unas pocas líneas entrecruzadas y unas escuetas letras que diferenciaban varios de sus bloques. Se preguntó si el cuaderno de operaciones matemáticas tendría algo que ver, o si solamente era un lugar en el que esconder el mapa. Estuvo unos minutos cotejando uno y otro, pasando las páginas, dándole trabajo a su cerebro somnoliento. Nada tenía sentido. ¿O sí?
El mapa estaba formado por cinco bloques nombrados con las vocales: A, E, I, O y U, mientras que el cuaderno tenía otras tantas secciones donde el resultado a obtener eran las mismas vocales. Esas secciones estaban desordenadas. La sección cuya respuesta era A se encontraba en tercer lugar, y fue a buscarla pasando las hojas.
Luis y las matemáticas siempre habían sido enemigos de los más enconados. Esperaba que la solución al mapa no pasase por hallar el resultado a la ecuación, porque de ser así, ya podía acostarse en su cama. Buscó entre letras y números, como si estuviese intentando traducir un manuscrito en sánscrito. Sus padres nunca habían sido eruditos de las matemáticas, no tenían especial importancia para ellos, ni guardaban entre los papeles ningún otro tipo de apunte de estudios. Por lo tanto, las matemáticas no deberían ser la respuesta.
Tardó un mundo en darse cuenta. ¿Cómo no lo había visto? Separando las letras mayúsculas de las minúsculas, compuso una frase. La frase A. Continuó con el resto de letras, hasta obtener cinco oraciones. Las puso en orden, y consiguió lo que necesitaba.
Hacía ya dos horas desde que Luis saliera de su casa. El cielo despejado estaba mudándose, las gotas de esa lluvia inesperada comenzaban a hacerse notar y un viento molesto azotaba a ráfagas en lo alto de la montaña. Una pequeña y antigua casa se presentaba ante sí. Hacia allí le habían guiado el mapa y las ecuaciones, hacia la casa de la que había oído hablar en esporádicas ocasiones a sus padres.
Todavía no sabía qué se iba a encontrar allí, ni si tenía relación con sus muertes. Quizás estuviese desperdiciando unas preciosas horas de sueño, pero era tarde para recular. Se aproximó a la puerta de madera y la tanteó. No estaba cerrada. Era una casa abandonada en apariencia. Avanzó un paso, y comprobó que la completa oscuridad le prometía un destino incierto. Dio otro paso más, atrás quedó el viento y la lluvia creciente, y el silencio se hizo más presente. El crujido de un tablón en el suelo anunció su tercer paso, y Luis enmudeció.

—Tus padres tenían razón —escuchó una voz familiar a su espalda—. No ibas a quedarte quieto.

Luis se giró y observó la silueta de su tía Yolanda, empuñando un cuchillo.
Un cuchillo de su propia cocina que apuntaba hacia él.



sábado, 4 de mayo de 2019

Sorteo De postre, venganza (Twitter)

Publicación exprés para informaros de que estoy sorteando un ejemplar en digital de De postre, venganza. El sistema es una votación sobre el actor que usé de molde para crear el aspecto físico del protagonista, Jared Norwood. De entre los acertantes saldrá el ganador.

Tenéis de tiempo hasta mañana por la tarde. Os dejo el enlace a Twitter con las instrucciones y la encuesta.



¡Suerte!

jueves, 25 de abril de 2019

Tierra verde


Erik
Los relámpagos comenzaban a difuminarse a su espalda, y el sonido de los truenos era cada vez más vago, tanto que el último ya no se había dejado escuchar. El cielo estaba totalmente ocupado todavía por unos nubarrones tan oscuros como amenazadores. Levantó su mirada imperceptiblemente para certificar que la tormenta había pasado. A su lado, uno de los marinos temblaba todavía, y oteaba el entramado borrascoso con expresión de recelo.
Con el paso de las olas, el mar se calmaba, el viento remitía, y el horizonte comenzaba a esclarecerse, quién sabe si por las nubes que continuaban marchándose o porque la noche, guerrera como él, estaba por fin entregando el testigo a un nuevo día. Poco a poco, Erik comenzó a distinguir a lo lejos, en los confines de lo que su vista alcanzaba, algo que podía ser tierra firme. Según sus cálculos, y conforme a lo que le habían asegurado, así debía ser. La luminosidad iba en aumento y él cambió el peso de uno a otro pie, inquieto. En cualquier caso, no tanto como para separar las manos, que permanecían entrelazadas a su espalda, guardando una pose que infundiera valor a sus acompañantes.
En efecto, a unos cientos de metros avistó tierras desconocidas, esas tierras que ya se había intentado alcanzar años atrás, pero nadie había dado con ellas. Llevaban semanas de navegación, y lo que había comenzado como una huida, se fue transformando en una misión con cada nuevo amanecer. La tierra firme que a Erik le había sido prometida se mostraba solitaria, oscura y solo perturbada por un oleaje protestón pero inofensivo. Ni un alma campaba por ella para recibir a la primera exploración vikinga que se adentraba en ese sombrío paraje.
Erik decidió seguir bordeando la costa, rumbo al Oeste, en busca del lugar apropiado. No tenía prisa por poner los pies sobre tierra firme, no ahora que había encontrado un lugar que era para él. Era preciso identificar el sitio idóneo para clavar su bandera y diseminar a su gente. Varios ya se habían congregado a su alrededor, expectantes como él ante el lugar que se les había prometido.
Todavía tardaron unas horas en decidir dónde encallar la embarcación. La costa giraba siempre a la derecha, hacia el norte, disfrazada con terrenos mitad tierra, mitad nieve. No era lo que Erik buscaba. Sin embargo, cuando el desánimo comenzaba a acudir a él, cuando el fuego de un gran descubrimiento empezó a apagarse, vislumbró unas tierras algo más escondidas, un serpenteo en el que las aguas jugaban a esconder los montículos terrosos que la naturaleza había formado. Unos metros más allá, la orilla ascendía tímida, dando paso a unos pastos verdes que prometían un buen lugar donde adentrarse, un prometedor paraje donde los suyos pudieran crecer. Miró a Leif, a su lado, con un yelmo que le quedaba grande, pero que no conseguía ocultar el brillo de unos ojos empoderados y ansiosos ante lo que acababan de descubrir.
Fue así como, contemplando un neblinoso amanecer en tierras desconocidas, observando un ejército de pastos tan verdes como la esperanza que al fin sentía, decidió que ese lugar tan esquivo como incierto obtendría el nombre de Groenlandia.
Los primeros días sirvieron para que Erik y los suyos se aclimatasen. No encontraron habitantes que los importunasen, por lo visto Groenlandia era un lugar tan pacífico en aspecto como en ocupación. El clima era frío, pero no tanto como podía esperarse en una ubicación tan inhóspita y norteña como esa. Había aprendido que la niebla era una norma, y la lluvia se ocupaba de no ser olvidada presentándose cada poco tiempo, de manera intermitente.
Erik Thorvaldsson, apodado El Rojo, su familia y los pocos que habían tenido las agallas suficientes para seguirle, estaban situados en los recovecos que los fiordos groenlandeses les proporcionaban para resguardarse de las ráfagas de viento que tenían por costumbre azotar. En pocos días, habían construido varias cabañas improvisadas con la madera que habían podido recolectar de los alrededores. Tuvieron que alejarse varios kilómetros para obtenerla, pero después de una semana de esfuerzo y trabajo repartido entre la totalidad del grupo, se podía decir que estaban acomodados de manera decente.
Acompañados de lluvia, niebla y viento, y con la distracción esporádica del Sol o la nieve, pasaron las semanas y los meses. Erik fue dejando atrás una vida de sangre y violencia, y el exilio forzoso al que estaba sometido se transformó, por momentos, en unas vacaciones en tierras lejanas y pacíficas. La pesca y la caza les dieron el sustento que necesitaban para salir adelante, y el marfil arrebatado a las morsas fue el principal recurso que hallaron. Todos sabían que en Europa era muy apreciado, y cuando concluyesen las vacaciones obligatorias podrían comerciar con ello.
Erik disfrutó de su familia como no lo había hecho antes. Especialmente con Leif, quien ya quería ser un hombre; pronto marcharía por su cuenta, labrándose su propio camino. El muchacho cazaba, tallaba marfil y trabajaba como el mejor de sus hombres, y se apreciaba en él la expresión decidida de quien estaba hecho para liderar.
Cada vez eran más esporádicas las ocasiones en que las pesadillas por sus pecados acudían a él. Había sido exiliado de Islandia por varios asesinatos, y no podía decir que no fuera merecedor de dicho castigo, o de alguno peor. En frío, con cientos de kilómetros de distancia y meses de reposo, Erik no reconocía al hombre despiadado que había perpetrado esos crímenes. No obstante, no se engañaba en absoluto y sabía que, en las condiciones requeridas, se volvería a transformar en él. Solamente trataba de infundir a sus hijos la dureza necesaria para hacer cuanto fuera necesario para proteger a los suyos, sin la necesidad de cometer las calamidades que él sí había perpetrado.
Los meses se transformaron en años, y sus hijos superaron etapas. La pequeña Freydís convirtió la orilla del mar en su mejor amiga, correteaba esquivando las olas y tratando de cazar pececillos despistados con sus propias manos. Nunca lo conseguía.
Dicen que el tiempo, cuanto más se disfruta, más veloz transcurre, y Erik pudo comprobarlo en sus propios huesos. Su exilio era de tres años, y cuando quiso darse cuenta, se encontraba en el barco de camino a Islandia,  lugar del que nunca quiso partir, y al que ahora se resistía a volver.

Leif
Leif ajustó el yelmo a su cabeza. Todavía quedaba ligeramente holgado, pero la mata de pelo que la vestía ayudaba, en parte, a que no desentonase del todo. El muchacho de doce años que había puesto rumbo a Groenlandia tres inviernos atrás había agrandado su cuerpo en ese período de tiempo. La cabeza no tanto, y por ello era que el yelmo todavía no le encajaba bien, pero él sabía que ese era su yelmo. Desde que su padre lo llevase a casa como premio tras una dura jornada, cinco años atrás, Leif exigió que ese premio fuera suyo.
Golpeado, esmaltado y, en parte, oxidado, pero con una marca de sangre que servía de testigo de lo ocurrido. Un joven Leif de diez años quedó impresionado por ese rastro, todavía pegajoso, y quiso que el yelmo ocupase su cabeza en adelante.
De vuelta al presente, la embarcación que les devolvía a Islandia contaba con solamente cinco personas: Erik, sus dos mejores hombres, el propio Leif y su hermana pequeña, Freydís. El por qué llevar a la niña de cinco años con ellos era un misterio para él. Quizás su padre se estaba ablandando, como decían en Groenlandia. A él se le había asignado la tarea de cuidar de ella, que podía parecer fácil, pero Freydís no era como cualquier otra niña.
El viento enfurecido hacía que las velas del barco restallasen, y Leif trataba de mantenerse en pie con ambas manos entrelazadas a su espalda, tal y como hacía su padre. Todos le veían como el hijo que cogería las riendas cuando las fuerzas de Erik el Rojo flaqueasen, y él se sentía más que dispuesto para cuando llegase ese momento. Un cielo tan despejado como desconocido era el Sol les brindaba una mañana espléndida para el retorno al país que los expulsó varios años atrás. Su padre les había hablado acerca del rencor: no lo quería con ellos, quería que comenzasen de cero, y quería captar al mayor número de gente posible para que les acompañase de vuelta a Groenlandia. Quería formar una familia mayor, quería que sus tierras verdes pertenecieran, por completo, a su gente.
Las costas de una Islandia preciosa se acercaron a una velocidad tediosa. Las aves revoloteaban sobre el mar, trazando unos surcos tan impredecibles como el futuro más próximo de los tripulantes del navío. Una vez en el destino, una pequeña multitud se había congregado al reconocer la embarcación de Erik el Rojo. Lo amarraron y desembarcaron ante una creciente expectación. Los niños tiraban de la mano de sus ascendientes, y se formó un círculo que rodeaba a los navegantes. El último en bajar fue su padre, quien lanzó un gran saco de tela al suelo, haciendo retroceder a su público. A causa del empuje, el saco se abrió y se desperdigaron decenas de colmillos de marfil.

—¡Amigos! —Vociferó Erik, extendiendo ambos brazos hacia el cielo— Estoy encantado de estar de vuelta con vosotros. Han sido tres años largos y difíciles —mintió al tiempo que agarraba a su hijo por el hombro—, pero al fin hemos podido regresar. En este viaje, mi familia y yo hemos encontrado un lugar maravilloso donde vivir, donde ver cómo los nuestros crecen, un nuevo lugar que conquistar. Apenas está habitado, y como podéis ver —indicó con su dedo hacia el saco— hay recursos más que valiosos para enriquecernos.
—Y si todo es tan perfecto —exclamó una voz lejana—, ¿por qué has vuelto?
—Buena pregunta, sí señor —Erik entrelazó ambas manos a su espalda y comenzó a caminar en torno al público—. El lugar del que venimos es grande, inmenso. Desproporcionado, diría, y solamente somos quince personas las que lo poblamos. He venido a por vosotros, he venido a que me acompañéis en esta nueva aventura. Islandia ya es nuestra, ahora tenemos que expandirnos más. ¿Qué me decís?

Un niño de no más de ocho años se adelantó y agarró uno de los colmillos del suelo. Lo giró en su mano, y el Sol lo hizo centellear. Aunque se hubiera tratado de excrementos, con ese Sol que tanto se agradecía en Islandia, cualquier cosa hubiera parecido valiosa, pero en este caso, además, lo era. Nadie pensó en los cientos de morsas que habían visto cómo partes de su cuerpo les eran arrancadas, sino que cada una de las personas allí presentes observaban los colmillos recordando lo valioso que era el marfil.
El niño, sucio y descuidado, debía ser de origen humilde, y Leif observó la tentación en sus ojos. La golosa tentación de salir corriendo con el colmillo. Estaba pensando en adelantarse a él y atraparlo, cuando vio una pequeña figura que le robaba la idea y se anticipaba. Freydís salió corriendo con una velocidad sorprendente y se abalanzó sobre el niño que ya estaba tratando de confundirse entre el gentío. Era varios años mayor que ella, y una cabeza más alto, pero esto no fue impedimento para que la niña le arrebatase el colmillo y le golpease en la cabeza con él. La escena concluyó con el chaval frotándose el cráneo y el corro de gente riendo y aplaudiendo.

—Como podéis ver —intervino Erik el Rojo de nuevo, a pleno pulmón—, en Groenlandia también se puede aprender a ser valiente, como mi pequeña Freydís.
—Así que Groenlandia, ¿eh?

Erik alzó el colmillo que su hija le había entregado, y la multitud congregada vitoreó al vikingo que había vuelto del exilio.

Freydís
Si había algo que había quedado patente con la ya no tan pequeña Freydís, era que no le faltaba carácter. La más joven de los hijos de Erik el Rojo siempre había trazado su propio camino, siempre había marchado por su cuenta, y jamás había necesitado de sus hermanos para hacerse notar. El episodio en el puerto de Islandia, diez años atrás, había supuesto el primero de los síntomas, pero muchos más iban a llegar para dejar claro el talante de la joven. Con seis años seccionaba los colmillos de las morsas, y con solo ocho, ya se encargaba de quitarles la vida y hacer el resto del trabajo.
A diferencia de su padre, el temperamento de Freydís iba en aumento, y en más de una ocasión se le había apreciado una crueldad de la que carecían alguno de sus hermanos. Nadie la veía como la sucesora de Erik, quizás fuera por tratarse de una bastarda, quizás por ser una mujer, pero a ella no le importaba. La ambición que atesoraba no remitía en su aumento y estaba dispuesta a cualquier cosa por obtener su porción de gloria.
Su cabello rubio se movía de adelante a atrás, en movimientos repetitivos, mientras ella se esforzaba por arrancar un colmillo de la morsa que había fallecido unos minutos atrás. La joven tenía la tez sonrosada por el esfuerzo, y la lluvia que permanecía todo el día acompañándola parecía estar dándole un pequeño respiro.

—Mañana partiremos —escuchó a Leif, unos metros atrás— hacia Vinland. Está todo preparado.
—Ten en cuenta —apuntó Erik, cogiéndole del hombro— que solo es una pequeña incursión, no necesito que ataques ni te apoderes de nada. Observa lo que hay y tráeme la información.
—Sí, padre  —respondió un Leif resignado.

Freydís rio para sus adentros. Por más señales que le dieran, su padre seguía insistiendo en que Leif fuera el gran conquistador, el que continuase su legado. No importaba que ella fuese quien más méritos hiciese, quien más duro trabajase o quien más ambición demostrase, porque Leif siempre era el elegido para todos los viajes. Quizás algún día su hermano tuviera éxito, al fin y al cabo era un hombre curtido y muy bien acompañado, pero ella se sentía desaprovechada, le daba la sensación de estar perdiendo su plenitud entre colmillos de morsa. Por otra parte se alegraba, porque nunca acataría un viaje de observación. Freydís no sería jamás una espía, Freydís sería una colonizadora.
Su hermano se fue, y ella tan solo pudo resoplar mientras observaba su embarcación alejarse. Disfrutaron de un clima idóneo, y es que para eso también había tenido suerte. “En fin, que siga siendo así y que le traigas mucha información”, pensó Freydís para sus adentros, mientras se daba la vuelta malhumorada.
Pasaron los meses y Leif volvió. Vinland se presentaba como una tierra próspera, rica en recursos, con un clima ligeramente mejor que el del Groenlandia y sin aparentes dificultades para su ocupación. Las misiones se sucedieron, y Leif continuó labrándose un porvenir bajo el cobijo de Erik. Pero ese cobijo dejó de cobijar, y Erik el Rojo, el famoso vikingo que había descubierto Groenlandia, murió poco tiempo después. La familia se sumió en una etapa de indecisión, y cada rama del árbol que su padre había plantado comenzó a crecer en su propia dirección. Los viajes a Vinland continuaron, y todos sus hermanos criaron fama y halagos en cada uno de ellos. La idea de seguir su camino y superarles crecía con el paso de los años, hasta que se topó con dos mercaderes que compartían sus mismos intereses.

—Llevaremos la misma cantidad de hombres —propuso Helgi.
—Ni uno más, ni uno menos —coincidió Finnbogi— ¿Lo tenemos claro?

Ambos desconfiaban entre sí, el uno del otro, y utilizaban a Freydís como intermediaria. El pacto consistía en viajar hasta Vinland con tres tropas, de los dos mercaderes y de la propia Freydís, obtener el máximo botín que pudieran y separarlo en tres partes. La teoría fue fantástica, pero en la práctica no ocurrió de esa manera.
El aire provocaba que el cabello de Freydís la vikinga, hija de Erik el Rojo, surcase el viento en dirección a Groenlandia, su punto de partida. La joven guerrera se sentía incómoda con la vestimenta marcial que la engalanaba, pero era necesaria, más que para la acción, para impregnar de su valor a los hombres que la habían querido acompañar. Los treinta que había acordado con los mercaderes, y los cuarenta que permanecían agazapados en los recovecos y escondrijos de la nave. Freydís sonrió. Ellos serían su llave hacia la fama y la gloria.


Notas*En función de la saga consultada (Saga de los Groenlandeses o Saga de Erik el Rojo), Freydís Eiríksdóttir aparece como hija legítima o bastarda de Erik. Son dos versiones que se contradicen, pero yo he elegido a la hija bastarda, porque le da un punto más de sentido al carácter arrebatador de la famosa guerrera.*La mayoría de lo relacionado con el número de personas que aparece en el relato (en las expediciones o los viajes) es totalmente estimatorio y corre de mi cuenta. La información sobre lo que cuento no abunda, y lo que concierne a los números he tenido que ajustarlo en función a lo consultado en otros viajes del mismo tipo.*Aunque los hechos troncales del relato son verídicos (descubrimiento de Groenlandia por parte de Erik, primer viaje de Leif a Vinland o la expedición de Freydís) hay alguna de las escenas que es de mi invención.