lunes, 26 de octubre de 2020

Domingo

             Agosto de 2021

Jordi jamás podría olvidar aquel verano que pasó en Sevilla. Un mes de kilómetros en la caravana, sol, calor, ríos y parques. Y fútbol, por supuesto. Se vio obligado a perderse el campeonato veraniego de fútbol siete para alevines de Barcelona. No podría estar con sus compañeros para reeditar el título del año anterior, lo que había derivado en múltiples discusiones con sus padres.

Olvidado el cabreo, quiso compensar los goles oficiales que no podría marcar, de modo que, el primer día que aparcaron en aquel camping sevillano, Jordi se marchó, balón en mano, en busca de otros chicos con quienes confraternizar. Un profundo alivio le invadió cuando comprobó que no tendría que hurgar para encontrarlos: dos equipos se enfrentaban en un campo de tierra desigual, con piedras ejerciendo la función de portería.

«Cutre, pero me sirve».

    Tuvo que esperar unos minutos, puesto que los chicos se encontraban totalmente evadidos de cuanto les rodeaba, una sensación que Jordi conocía bien. Aprovechó ese impás para analizar a los que esperaba fueran sus próximos compañeros y rivales. En ese partido, dominaba la anarquía. Era algo habitual cuando el nivel de juego no es elevado, y se vio obligado a sonreír como acto reflejo. Sí, se sintió superior. El balón era un trozo de cuero desgastado, despeluchado, que parecía querer huir de semejante batalla campal, horrorizado ante lo que, por momentos, resultaba un esperpento. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que había alguien que desentonaba en aquel cuadro de Picasso. Un chico que había pasado inadvertido ante sus ojos hasta ese momento, pero que lo cambió todo al entrar en contacto con el balón. Recibió en la zona defensiva y comenzó a driblar. Uno, dos y hasta tres jugadores quedaron tendidos en el suelo después del eslálom realizado. Jordi volvió a sonreír, en esta ocasión al haber descubierto un reto que superar.

La jugada terminó en gol, como estaba cantado, momento que aprovechó para tratar de introducirse en aquel grupo de jóvenes sedientos de barro y sudor.

Si algo quedó patente desde el primer minuto, es que Jordi y Daniel, como así se llamaba el reciente goleador, debían encabezar a los respectivos equipos. El talento de Jordi quedó patente desde que sus flamantes zapatillas nuevas comenzaron a ensuciarse sobre la tierra sevillana. No le importó. Lo fundamental en aquellas tres horas que se sucedieron, y en las cuatro semanas restantes, fue la diversión. Dani y él, pese a que siempre jugaron el uno contra el otro, forjaron una amistad que debería haberse quedado en algo pasajero, pero no fue el caso.

Lo importante no eran los goles.

Mayo de 2022

—Lo único importante son los goles —insistió el entrenador.

El nerviosismo envolvía a Jordi en el preámbulo del partido más importante de su vida. Se trataba de la final del Campeonato de España de Selecciones Autonómicas sub-14. No era la primera ocasión para Catalunya, aunque sí para él. Pese a erigirse como el chico más joven del equipo, era el máximo goleador, así como el buque insignia de los catalanes. El ascenso hacia el olimpo futbolístico comenzaba ahí, y él lo sabía.

Por si las emociones se quedasen escasas, el equipo rival no era otro que Andalucía, con su amigo Daniel en la misma situación. Más pronunciada incluso había sido la curva de progresión realizada por el andaluz, puesto que cuando se conocieron, el año anterior, ni siquiera jugaba al fútbol más que en pachangas de barrio. Recordó el momento en el que él mismo animó al chico a adentrarse en el mundo del fútbol de alta competición.

«Anímate, tienes un gran futuro por delante».

Comprobó el peso de sus propias palabras, puesto que su amigo y rival representaba el principal obstáculo para ser campeón de España.

    En cuanto se diluyeron las ondas acústicas del silbido inicial, los nervios se esfumaron. Su equipo comenzó con una fuerza inusitada, con un ímpetu desbocado, y los primeros quince minutos del encuentro se marcharon entre acometidas en forma de fútbol, que arrinconaban a los andaluces, ocasión tras ocasión. No podía ser de otra forma, y el cántaro se rompió. Las bandas catalanas eran puñales para las defensas andaluzas, Jordi consiguió rematar de cabeza uno de los precisos centros que sus compañeros le enviaban desde los costados. 1-0.

Ahí fue cuando cometió su mayor error.

—Todavía en la siesta, ¿eh, miarma?

El comentario de superioridad provocó una mueca en Daniel. No se molestó, de eso estaba seguro. Más bien, acababa de espolear a su amigo, había provocado que ser revolviera, despertando su espíritu combativo. Siempre se lo había dicho: «lo que realmente te falta es una meta que cumplir», y el propio Jordi se la había entregado.

Cualquier atisbo de dominio catalán se evaporó después de marcar el gol. Los andaluces, Dani a la cabeza, comenzaron a atacar con feroces oleadas, y en menos de cinco minutos ya habían obtenido el empate. Jordi se temió lo peor, y aunque trató de revertir la situación, vio cómo su equipo se veía desbordado ante el juego fluido y desenfadado de sus rivales.

Tres goles recibieron, y los tres llevaron la firma de Daniel.

El abrazo que les unió tras el pitido final le supo amargo como la hiel, y aunque sabía que su amistad no se vería resentida aquella noche, también fue consciente de que tenía ante sí a un chico capaz de marcar una época.

Jordi había creado un monstruo.

martes, 20 de octubre de 2020

Milagros

         La mujer encendió el televisor, hastiada ante lo que sabía que encontraría. Aunque llevaba años devorándolos, los programas del corazón cada vez le decían menos. Cansada de los comentarios de sus hijos, finalmente terminaría por darles la razón en que resultaban una patraña. Siempre el mismo mensaje vomitivo, solamente cambiaban los personajes.

Las series que veía a diario ya estaban consumidas, y su jubilación después de cuarenta y cinco años de enseñanza a niños pequeños le dejaba mucho tiempo libre para otros quehaceres. En aquel momento, zapeó de forma aleatoria. Saltó varios canales, y no fue hasta que dio la vuelta al dial cuando reparó que sí había algo que podía interesarle.


        Era una conferencia política. También vomitiva, sí, pero el hablar melodioso de quien se erguía ante el micrófono captó su atención. Un candidato bien escogido, sí, se dijo. Hablaba sobre dar un vuelco al sistema actual. Rompía con el molde habitual, pero siempre dentro del marco constitucional.

Milagros quedó hipnotizada ante el discurso del candidato de aquel partido político recién inaugurado, que tantas cosas prometía, y tantas buenas intenciones cargaba sobre la espalda. Como todos al principio. Todos los jóvenes políticos comenzaban con los mismos pasos convencidos, henchidos por su integridad, impolutos al no conocerse todavía sus trapos sucios.

El caso es que el porte de aquel hombre, sus gestos e incluso alguna de sus palabras llamaban a la puerta del recuerdo. Supuso que se trataría de anteriores mítines, en los que no había terminado de prestarle atención.

Comenzó a recoger la mesa, puesto que la pereza la había llevado a dejar los platos y cubiertos sucios tendidos sobre el mantel. Las viejas costumbres, en ocasiones, perdían vigor con el transcurso de los años. Recordó los hábitos que impartía a sus niños al comienzo de cada clase:

Colgamos el abrigo en la percha. Sacamos el estuche de la mochila y lo colocamos sobre la mesa. Lápices, bolígrafos, goma de borrar y pinturas para dibujar. Todo ordenado.

Comprobó que ella misma, con el paso del tiempo, se dejaba llevar por la incorrección. Sonrió para sí. Si no me dejo llevar ahora, ¿cuándo lo haré?

Su mente, sin embargo, se había quedado en los recuerdos. Evocó aquellas mañanas de risas y aprendizajes, de regañinas y puntuaciones. Efectuó un rápido repaso por los niños que más se habían acercado a su corazón: Cynthia, aquella sabelotodo que nunca quedaba satisfecha. Félix, el granuja que, a pesar de todo, era un trozo de pan. Rocío, que demostró fortaleza pese a las penurias de su infancia. Carlos, que casi era capaz de convencerla a ella misma de que lo que explicaba no era correcto. ¿Carlos…?

Sin saber cómo, volvió a prestar atención a la televisión.

…y así es como quiero conseguir llevar a nuestra sociedad a las cotas más altas en educación, ciencia y bienestar. Cuando era pequeño, la maestra de mi escuela decía: «podrás ser más listo o más tonto, más guapo o más feo, más o menos trabajador, pero lo único que siempre estará en tu mano es convertirte en una persona honrada y bondadosa». Bien, Milagros, si me estás viendo, quiero demostrar que de verdad me he convertido en esa persona. Quiero conseguir que nuestro país evolucione cada día…

El rostro de la maestra estaba ocupado por las lágrimas. En una época en la que la enseñanza se veía puesta en duda día tras día, aquella simple frase le demostró que toda una carrera de paciencia y búsqueda de un mundo mejor, había dado resultado.

viernes, 16 de octubre de 2020

Celia

        Los sentimientos son caprichosos. Tan pronto te encuentras en la cima del pico más alto, como desciendes al inframundo más tenebroso. Es necesario un solo gesto, una sola contrariedad para torcer el devenir de los designios de la personalidad humana.

Silvia se encontraba en aquel árbol de interminables ramas: euforia, furia, alegría, desazón. Se sentía en una especie de laberinto, de cuyo recorrido dependía el resultado de su tarro de las esencias particular. El ascenso en el trabajo, el inminente divorcio, el fallecimiento de su madre y la plenitud que su hijo le otorgaba se colocaban en la parrilla de salida de la carrera de su vida, batallando con ferocidad para comprobar cuál de ellas se imponía en su corazón.

Agarró con delicadeza el colgante broncíneo con la figura de un mandala. Su amuleto predilecto. Una de sus pasiones, de forma consciente e inconsciente, era perderse en el entresijo de callejones sin salida, bucear entre sus arterias, buscando aquella, solo una, que conseguía vencer al resto hasta encontrar la salida a aquel túnel infinito.


Escogió un camino, acariciando el metal. Representaría su progresión laboral. Lo siguió también con la mirada, ya que su dedo era demasiado grande como para acertar con el recorrido completo. El sendero imitó la fulgurante carrera que la había llevado, en poco más de dos años, a saltar varios peldaños, situándose en un lugar de prestigio en aquella reconocida marca de ropa deportiva. Sonrió, orgullosa de que tanto esfuerzo hubiera merecido la pena. Sin embargo, y aunque un buen oficio, estable y enriquecedor, resultaba fundamental en el progreso vital de una persona, no era lo más importante para ella.

El camino se cortó.

Siguió el sendero que acababa de sepultar al anterior. Este sería la separación de su marido. Le frustraba profundamente que tantos años de conjunción sentimental se fueran al traste por una época turbulenta. Silvia había sido una esposa contemporánea. Independiente, pero cariñosa y siempre sincera con Jaime. Tras un noviazgo de ensueño, completaron la tradición y se juraron amor eterno. El nacimiento de Iago supuso un empujón mayestático a lo que terminó conviertiéndose en una familia perfecta. A pedir de boca. Y sin embargo, con el paso de los años, la distancia sentimental entre amos, inexistente hasta entonces, comenzó a rasgar la corteza de una fruta que había comenzado a madurarse. Monosílabos que sustituían a sonrientes explicaciones. Más tiempo fuera de casa que en el hogar. Conversaciones fuera de lugar con personas desconocidas. Hasta que llegó la conversación. «Esto se ha acabado. Necesito una etapa a solas». Un muro de hormigón cayó sobre Silvia, despedazando su corazón. Jamás lo habría sospechado. ¿Por qué habría de hacerlo?

Camino bloqueado.

Como si de un deseo del mismísimo diablo se tratase, la semana posterior a la caída del muro de hormigón, falleció su madre. Sesenta años, y estaba, o eso le hacía creer, como un roble. «No te dijo nada para no preocuparte», fue la respuesta de su padre, antes de encogerse de hombros. Manuela, aquella mujer que lo había dado todo por su única hija. Aquella mujer que tuvo dos abortos hasta que consiguió alumbrarla. Aquella mujer que hubiera dejado cualquier cosa por ayudarla, había dejado la vida sin previo aviso con tal de no contrariar a Silvia. Un diluvio de emociones la acometió en aquella maldita jornada. Sus ojos terminaron desgarrándose de tanto llorar.

Y aun así, ese sendero del mandala estaba cerrado.

La imagen de Iago se formó en su cabeza, y Silvia sonrió al instante, embobada. Supo, desde el momento en que vio su cabecita por primera vez, que ocuparía el centro de su universo hasta que sus ojos efectuasen el pestañeo definitivo. La voz de pito con la que acudía a abrazarla por las mañanas significaba el más liberador de los despertares. Lloraba con él, reía con él. Soñaba despierta, queriendo descifrar qué incógnitas le deparaba el futuro.

        Surcó el llavero con suavidad, sintiendo el frío contacto del metal con la piel de su dedo. El camino serpenteó, libre y raudo, llevando el índice de Silvia hasta la escapatoria final.


*Imagen: Rafa Navas, Pinterest.

martes, 13 de octubre de 2020

Hache

         El eterno cursor parpadeando ante una página en blanco. Si este ya era, de por sí, un problema recurrente en el proceso de la escritura, para una autora neófita representaba un reto mucho mayor.

Hache, por su parte, parecía no estar contenta con tan escasa problemática, y contaba con una piedra más en un camino plagado de inconvenientes. Observó el cable que salía desde su teclado, rudimentario, de fabricación artesanal, y recorría la parte trasera de la impresora, para finalmente elevarse y alcanzar el otro artilugio de improvisada manufactura que ocupaba su estancia literaria.

Por cada diez segundos en los que las letras de su teclado no fuesen pulsadas, la soga que se ceñía a su cuello efectuaba un nuevo tirón. El bloqueo a la hora de escribir estaba prohibido, y tampoco había opción de engañar al sistema pulsando teclas al azar, pues ella misma se encargó de retirar la de borrado para no boicotear la ¿agresiva? estrategia de motivación.


Y ¿quién le había hecho llegar a semejante situación? La respuesta era tan evidente como dolorosa: ella misma. Hache había quedado tan prendada con Misery, la afamada novela de Stephen King en la que Paul Sheldon era forzado a escribir por Annie Wilkes, le había fascinado de tal manera la manera del autor de sacar fuerzas e ideas de donde no las hallaba, sabiendo que su interrupción o negación a la hora de escribir significaría un nuevo dolor y la posibilidad de perder la vida, que había confeccionado su propio mecanismo de obligación a la escritura. También se sorprendió retirando su propia letra, la hache, del teclado. Tendría que rellenar esos huecos a mano, como en el manuscrito original.

Hache era su propia Annie Wilkes, pero también era su Paul Sheldon particular.

¿Se arrepentía? Por supuesto que lo hacía. Más de cinco minutos transcurridos desde que la sesión diese inicio, y la cuerda se había ido recogiendo en función de ese tiempo desperdiciado. Todavía quedaba un pequeño margen de acción, pero el sudor de una tarde veraniega, unido al nerviosismo por ver su estrategia en entredicho, provocaban que el calor resultase sofocante. Asfixiante, tal y como ella moriría en caso de no activar su proceso de escritura cuanto antes.

Se enfrentaba a un nuevo capítulo de su primera novela, aquella por la que ya tenía gente esperando. ¿Cómo podía ser que hubieran decenas de futuros lectores aguardando por el trabajo de alguien que jamás había publicado? El encanto de Hache, por más que ella misma se negara a aceptarlo, traspasaba las fronteras de toda lógica. Las únicas líneas que habían visto la luz, a modo de relato corto, cautivaron al respetable, y la eterna espera a la que les sometía (como aquel escritor de fantasía que tenía a su público desesperado, casi diez años después de su último libro) también espoleaba a quienes ardían en deseos de perderse entre las miles de comas de su Ópera prima.

Un nuevo tirón de la soga la sacó de su ensoñación. Sintió el rasgar seco del esparto lacerando su cuello, con toda seguridad, enrojecido. Su cabeza ya estaba ladeada, su postura incómoda representaría un nuevo impedimento a la hora de comenzar su escritura. «Has desperdiciado el tiempo más valioso de toda la sesión», se recriminó.

Todo el ultimo párrafo se diluiría bajo las tinieblas de su cerebro si no conseguía comenzar a teclear. La ilusión por no convertirse en la nueva George R. R. Martin la espoleó y le brindó la vivacidad que necesitaba. Sin saber cómo, una palabra fue creada con la presión de sus dedos sobre el tacto artificial del teclado. Esa era la palabra más difícil de todo el texto. De manera inconsciente, sonrió. Dejó de ver el cable que recorría la parte trasera de la impresora, la soga dejó de existir y el dolor se diluyó, permitiéndole concentrarse solo en la pantalla que aguardaba frente a sí. El cursor continuaba parpadeando, pero la página ya no estaba en blanco, sino que se había ido rellenando de formas negras. Y comas, muchas comas.

La sonrisa se fue ensanchando a medida que los dedos enloquecían con su frenético golpeteo. La historia fue tomando forma, y lo que en un principio solo fue una idea fugaz, una imagen abstracta, se había ido transformando en un texto conformado por más de diez páginas.

Ya hacía más de dos horas en las que la cuerda no se había recogido un solo centímetro, y Hache se sintió complacida. Puso el punto y final a aquello que durante tantos meses se le había resistido, y supo que su demente artilugio de tortura creativa había dado resultado. Enloqueció de gozo.

Jajajajajajajajajajaja.

Entonces fue cuando se percató de que no existía un mecanismo para finalizar la sesión de escritura, de manera que la soga seguiría recogiéndose siempre que dejase de escribir.

Evidentemente, ya era muy tarde para la remota opción de, simplemente, liberarse de la cuerda.

Las tijeras, cuchillos o cualquier utensilio que pudiera servirle de ayuda habían sido alejados por ella misma con anterioridad, de modo que no podía cortar el yugo que la oprimía.

Maldición.

Jajajajajajajajajajajaja.

viernes, 9 de octubre de 2020

Pascual

             Maldito rifle.

Pascual  mascullaba oraciones, renegaba de sus decisiones atrevidas, alocadas. El viaje a EEUU le iba a salir caro, ya lo creía. Peter, su colega de la infancia, le había convencido para semejante tontería con la frase que siempre funcionaba:

—No hay huevos.

Y ahí estaba Pascual, cruzando el charco de camino a Washington.

Recapitulemos. La pareja de amigos, separados por miles de kilómetros de océano pero unidos en un espíritu aventurero y (¿por qué no decirlo?) falto de oxígeno en la toma de decisiones, había estado indagando en internet durante semanas. Se sumergieron, uno desde España, y el otro desde Estados Unidos, en la red más profunda y oculta al ciudadano medio. Pascual se ganaba la vida llevando la correspondencia a la ciudadanía, pero le había cogido el gustillo a investigar las leyendas más bizarras que ofrecían los foros conspirativos.

Después de una conversación por WhatsApp a altas horas de la madrugada, se produjo la dichosa frase. El mismo reto de siempre. Él no sabía callarse ante un «no hay huevos». Toda la noche viajando, de página en página, por foros, vídeos, intentando saber qué había de cierto en la leyenda de que el fusil que mató a Kennedy estaba expuesto en Washington, en una residencia para veteranos de guerra. Como si de un arma decorativa se tratase.

Entre «no puede ser», «vamos a por él» y la maldita sentencia final transcurrieron solo veinte minutos. Una leve muesca en el arma parecía otorgar cierta autenticidad a la leyenda, y la oportunidad estaba presente, puesto que Pascual había iniciado sus vacaciones ese mismo día.

De vuelta al presente, volvió a maldecir. Volvió a sonreír. Era cierto, ese era el rifle que mató a Kennedy, y lo tenía en sus manos. ¿Cómo eran capaces de dejarlo ahí, a merced de cualquier loco que se atreviese a robarlo?

El caso es que las sirenas de policía sonaron, y pese a la risa histérica que el temor le provocaba, Pascual se encontraba en territorio extranjero, cargando con un arma única y con la ley siguiendo sus pasos.

Peter le hizo señas desde la siguiente esquina. Corrió hacia él, creyéndose Pierce Brosnan en las películas de James Bond que tanto le gustaban. Se metió tanto en el papel, que lo mezcló con el espíritu hollywoodiense, sintiéndose el protagonista de una de sus películas preferidas.

Al cruzar la acera, se vio sorprendido por un policía algo pasado de peso. Corrió, puesto que la forma física de uno y otro distaba mucho de estar pareja, pero cuando escuchó en un perfecto inglés la amenaza de ser disparado, se giró y fue él mismo quien apretó el gatillo del Carcano M91/38[1] que quitó la vida a John Fitgerald Kennedy.

El agente quedó tendido en el suelo. ¡Había acertado! En lugar de preocuparse por quitarle la vida a un ser humano, Pascual estaba dando saltos de alegría por su puntería con el arma.

            —¿Lo has visto, Peter? ¡Soy John McClane[2]!

—Ambos amigos se rieron, como si se tratara de la partida de un videojuego.

La carrera se vio apresurada ante el acoso de los refuerzos. El helicóptero sonaba en todo lo alto, y los gritos se sucedían desde todas las esquinas. Reporteros de televisión que buscaban su titular.

Pascual escuchó la orden del que debía ser el jefe, parapetado tras uno de los coches patrulla. Iban a disparar.

Vio cómo el proyectil salía desde una de las armas reglamentarias, y aunque debía haber recorrido la distancia hasta su cabeza en centésimas de segundo, observó la bala acercándose a él con lentitud. Trató de moverse, quería esquivarla, pero estaba paralizado. Iba a morir.

—Pascual… ¡Pascual! Venga, despierta, que tenemos que ir a trabajar —la voz de Mari Carmen, su mujer, sonaba insistente—. Te has vuelto a quedar dormido. ¿Qué decías de un tal John McClane?

martes, 6 de octubre de 2020

Reseña: Camping Mortal


Título de la obra
: Camping Mortal

Autor: Jordi Rocandio

Género: Z

Páginas: 344

Enlace de compra: papel (15,60€), digital (2,99€)

SinopsisAl adentrarnos en esta novela de Jordi Rocandio, descubriremos que los límites entre la ficción y la realidad se vuelven aterradora y perturbadoramente difusos, pero si nos dejamos llevar por el atrapante relato, ello dejará de tener importancia y solo nos interesará saber cómo continúa.

Surgida a partir de un relato corto publicado en el blog del autor como parte del «reto Ray Bradbury», esta fascinante historia de zombis enseguida captó la atención de los lectores, que reclamaron más. Y así Jordi decidió darle un final a través de esta novela plagada de ingenio, aventura, ternura y mucha comicidad, que es un verdadero homenaje a la literatura de este género y al cine serie Z. En este mundo, todo puede pasar... ¿estáis preparados?


De zombis va la cosa. Ayer compartí con vosotros el relato de género Z dedicado a Fran Castillo (pequeña publi: compartiré dos cada semana hasta completar los 25. Los tenéis en el apartado «relatos preventa Los ecos de la mente»), y hoy tenemos la reseña de una novela del mismo género. El autor no es otro que mi compañero Jordi Rocandio, un escritor que parece haberse propuesto un tour por diferentes géneros literarios, algo digno de elogio, puesto que pasa de los zombies (actual reseña) al género negro (El tapicero de Wisconsin) y nos tiene preparado para el futuro un trabajo de fantasía urbana. Todo un autor polifacético, sí señor.

Pues en mis manos cayó esta novela llamada Camping Mortal, que podemos decir que se trata de una de mis primeras incursiones en literatura sobre zombis (lo más cercano, de hecho, podría ser el Soy leyenda de Richard Matheson). No sabía qué esperar, aunque siendo The Walking Dead (serie) y Guerra Mundial Z (película) mis únicos contactos, creía que se trataría de una novela de suspense/terror con tintes agobiantes.

Sin embargo, lo que encontré tras las primeras páginas de la novela me sorprendió. Camping Mortal tiene todo lo mencionado anteriormente, sí. Hay momentos de crudeza, de tensión y un ligero agobio, pero lo que más me ha llamado la atención es el carácter desenfadado de muchos de sus personajes. Me he descubierto a mí mismo esbozando sonrisas con algunas escenas, empatizando con los protagonistas, odiando a los villanos. Es una novela ligera, entretenida y que mezcla la acción con pequeños toques de comedia. Tenemos un texto que nos dice que esos zombis no tienen por qué ser malos por definición, y que detrás de cada uno de ellos hay una historia, que en muchos casos, se nos revela a través del libro.

Hay sucesos paranormales en Camping Mortal, hay tramas profundas como la del antagonista de la historia, hay paralelismos entre la trama principal y la que subyace a la misma, y hay momentos críticos que se solventan mediante conversaciones inesperadas. Desde luego, si hay algo interesante en esta novela, es que se sale de los parámetros clásicos del género.

Me pareció curioso leer que este libro ha nacido de un relato, igual que me ocurrió a mí con Los ecos de la mente. En el caso de Jordi, se trató de un relato cuyos lectores pidieron continuidad. Así fue como nació una historia frenética de zombis que, recuerda, no siempre son malos. 😜

domingo, 4 de octubre de 2020

Fran Castillo

    Cristina no creía en el COVID-19. Era de la opinión (cada vez más extendida) de que todo se trataba de una engañifa, una confabulación de los distintos gobiernos para controlar a la sociedad. Nuevos gastos que imponer al pueblo —mascarillas, guantes, gel hidroalcohólico—, y una excusa firme con la que someter a los votantes, quedando recluidos, y no pudiendo ejercer su derecho a la libertad.

Estábamos en el año 2023, y ya se habían cumplido tres desde la eclosión de semejante seismo mundial. La psicosis del primer año, en el que las cifras de muertos aumentaron en la oleada inicial y el rebrote de los meses posteriores habían quedado en el olvido. Los mandos internacionales observaban cómo el temor a la supuesta pandemia se había ido erosionando con el paso de los meses; estaban comprobando cómo la tensión que ejercían dejaban de causar el efecto deseado. Contemplaban cómo el yugo que se habían sacado de la manga perdía fuerza con cada semana transcurrida.

Por eso le habían dado a su idea una nueva vuelta de tuerca, pero Cristina no era tan fácil de engañar.

 

…el número de muertes ocasionadas por el COVID parece estar remitiendo pero, como contrapartida, una nueva problemática ha surgido a causa de la evolución del que ya se nombra como el virus más dañino de la época moderna. Hay cierta reticencia a desvelar información sobre esta mutación, pero fuentes anónimas se atreven a hablar de ciudadanos que no mueren, pero varían su comportamiento.

Los síntomas de esta nueva afección serían tales como brotes violentos, pérdida de la memoria y del habla, así como un cambio visible en el color de piel…

 

¡Venga ya! ¿Una versión edulcorada de The Walking Dead? ¿A ese punto se estaba llegando para ejercer control sobre la ciudadanía?

Cristina no conocía a nadie que hubiera caído presa de ese virus tan peligroso. ¿Cómo era posible que, en más de tres años de confinamientos y restricciones, nadie en todo su círculo social hubiese, ya no muerto, sino siquiera enfermado?

La mayor engañifa de la época moderna, eso era. En las próximas elecciones generales, ya a la vuelta de la esquina, no dudaría en votar a Miguel Bosé en su nueva faceta como líder político. Era la mejor de las noticias en los últimos años de sumisión. Una voz potente, alguien palpable a quien seguir a ciegas.

Cambió de canal en la televisión, porque ya estaba harta de tanto refrito, noticias recicladas de los años anteriores. Lo mejor sería poner Sálvame para desviar un poco sus pensamientos de tanta desazón.

La cerradura del hogar efectuó su clásico sonido, lo que indicaba que Jorge había vuelto. Un poco pronto pero, por fortuna, ir a la compra ya no representaba un suplicio. La gente estaba comprobando que no había nada que temer, y las colas interminables y estantes vacíos dejaban de ser la norma (más gasto derivado por los gobiernos gracias a la vorágine psicótica que habían generado).

Era cierto que el bombín de la puerta comenzaba a dar problemas cada vez más acentuados, pero Jorge llevaba ya más de medio minuto forcejeando con él. Cristina negó con la cabeza por tener que levantarse, y arrastró los pies. Murphy acudió con uno de sus clásicos, puesto que cuando ya se acercaba a la puerta, escuchó el clic que certificaba el éxito desde el otro lado. Se había levantado para nada.

Los herrumbrosos goznes chirriaron ante el esfuerzo de la apertura, y la hoja de madera efectuó un cansino recorrido. La tenue penumbra a la que Cristina ya se había acostumbrado fue violada por el rayo de luz que ganaba terreno desde el exterior, hasta tal punto que tuvo que colocar su mano a modo de visera para mitigar la molestia.

—Ya era hora, ¡que tengo hambre!

Se giró, sin dedicar a su marido una mísera mirada, sin enviarle una sonrisa siquiera, y sin, ni mucho menos, intención de darle un escueto beso de bienvenida. Cualquiera de aquellas minucias, cualquiera de aquellos gestos del amor que una vez se profesaron hubiera salvado la vida de Cristina.

Su cansino caminar hacia la cocina fue interrumpido ante una acometida animal. Jorge la tumbó, y la frente de Cristina golpeó en su descenso contra la esquina de la mesa. Quedó aturdida, y cuando fue capaz de abrir los ojos y vencer al mareo que la embriagaba, se vio tendida boca arriba, sus manos y piernas bloqueadas por las de aquel ser que un día fue hombre. Que un día la amó.

Sus ojos, inyectados en puro rojo delirante, le dedicaban la más ávida de las miradas. De su boca manaba la saliva, que goteaba anárquicamente sobre la tela del pijama. Cristina supo que no podría salir con vida de ahí, pero no tenía claro si era eso lo que más le dolía, o si se trataba del engaño en el que había vivido en los últimos años.

 

 

NOTA: he querido escribir sobre lo que se me pidió para este relato, dándole un enfoque diferente. En ningún momento he querido hacer mofa del grave problema sanitario que vivimos a día de hoy, sino más bien, crear un texto mínimamente satírico al respecto. Siempre he sido de la opinión de que hay momentos para bromear sobre casi todos los aspectos de la vida, y con este relato solo pretendo aliviar un poco la tensión respecto a ello.